Micro cuento
El tendedero
delator
Unas prendas bailaban al viento, colgadas del tendedero de
una vecina desconocida.
A veces se veían dos blusas, una amarilla y otra floreada,
una falda azul y un toallón. Otro día flameaban un par de sábanas chicas de
color rosado y delicada lencería. Además se sumaban a toda la ropa un par de
cortinas.
Fueron pasando los días y también el desfile de prendas
femeninas.
A llegar la primavera la vecina agregó otra cuerda donde
colgaban un par de camisas, un pantalón y un juego de sábanas grandes color
celeste.
Otras veces recogía, apurada por la lluvia, dos batas, un
par de calzoncillos, un mantel y un delantal de cocina.
Pasaron el verano y el otoño y con los primeros fríos los
coloridos broches tuvieron que sostener, desde una tercera cuerda, batitas,
baberos y unos enteritos rosados. El tibio sol de invierno tenía un arduo
trabajo secando las sabanitas de la cunita, los saquitos de lana y las gruesas
mantitas.
Para el verano la brisa ya había ensayado distintas danzas
con los primorosos vestiditos que alegraban el tendedero.
En aquel patio una estación le copiaba a la otra. Así fue
por unos años. Hasta que un día la cuerda y los coloridos broches dejaron de
sostener las prendas infantiles, sabanitas y el pequeño toallón.
Solo se mecían con macabra cadencia un vestido negro, dos
batas oscuras y unas sábanas grandes de color indefinido.
La tierra siguió dando vueltas al sol, como es su deber,
mientras las camisas dejaron de mover sus mangas y los pantalones de bailar con
el viento y se volvieron fantasmas.
Sobre la única cuerda, sobrando espacio, quedaron unos pocos
broches, una vieja bata y un par de vestidos deslucidos.
¿Los tendederos cuentan historias?
Nela Bodoc
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