viernes, 5 de diciembre de 2025

 

Micro cuento

 

El tendedero delator

 

Unas prendas bailaban al viento, colgadas del tendedero de una vecina desconocida.

A veces se veían dos blusas, una amarilla y otra floreada, una falda azul y un toallón. Otro día flameaban un par de sábanas chicas de color rosado y delicada lencería. Además se sumaban a toda la ropa un par de cortinas.

Fueron pasando los días y también el desfile de prendas femeninas.

A llegar la primavera la vecina agregó otra cuerda donde colgaban un par de camisas, un pantalón y un juego de sábanas grandes color celeste.

Otras veces recogía, apurada por la lluvia, dos batas, un par de calzoncillos, un mantel y un delantal de cocina.

Pasaron el verano y el otoño y con los primeros fríos los coloridos broches tuvieron que sostener, desde una tercera cuerda, batitas, baberos y unos enteritos rosados. El tibio sol de invierno tenía un arduo trabajo secando las sabanitas de la cunita, los saquitos de lana y las gruesas mantitas.

Para el verano la brisa ya había ensayado distintas danzas con los primorosos vestiditos que alegraban el tendedero.

En aquel patio una estación le copiaba a la otra. Así fue por unos años. Hasta que un día la cuerda y los coloridos broches dejaron de sostener las prendas infantiles, sabanitas y el pequeño toallón.

Solo se mecían con macabra cadencia un vestido negro, dos batas oscuras y unas sábanas grandes de color indefinido.

La tierra siguió dando vueltas al sol, como es su deber, mientras las camisas dejaron de mover sus mangas y los pantalones de bailar con el viento y se volvieron fantasmas.

Sobre la única cuerda, sobrando espacio, quedaron unos pocos broches, una vieja bata y un par de vestidos deslucidos.

¿Los tendederos cuentan historias?

 

Nela Bodoc



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