Mi amiga de la
infancia
Anoushka
Eran los tiempos en que los niños jugaban en calle sin
correr peligro, todavía no existían los celulares y la mayoría no tenían un
televisor en sus casas.
A pocas cuadras de mi casa, vivía Anoushka, mi mejor amiga
en la escuela.
Disfrutábamos de nuestras charlas y juegos en el recreo. Y
aunque era muy tímida conmigo se sentía en confianza.
Sus padres eran unos inmigrantes húngaros que llegaron a
Buenos Aires escapando de la guerra y la hambruna. Por sus traumas eran cerrados
y no socializaban con los vecinos. Eran muy desconfiados. A su hijita no le
permitían salir ni jugar con otros niños. Además eran muy austeros, tal vez por
las necesidades pasadas. En esa casa los juguetes eran considerados un lujo.
Nunca le festejaron un cumpleaños.
Cuando yo le contaba de las reuniones en mi casa, de cómo
celebrábamos con mis tíos, primos y amigos, se sorprendía. La he invitado
muchas veces pero siempre, la única que no participaba se negaba a aceptar.
A veces la veía mirando por la ventana a sus vecinitos
jugando en la vereda. Unos se trepaban a los árboles, otros saltaban, de un
lado a otro la zanja que era bastante ancha. Un grupito competía haciendo
correr sus autitos de baquelita rellenos con masilla.
Las niñas jugábamos a cara o seca con las figuritas. Algunas
eran muy codiciadas porque tenían brillitos.
Anoushka solo miraba con ojitos tristes hasta que un grito
de su madre la alejaba de la ventana.
Pasaron los meses, llegó la primavera y con ella la
celebración de todos los años en la escuela. Esta vez organizaron un picnic
para todo el curso, en un parque cercano. Era muy pintoresco, muy florido, con
juegos para niños y un laguito con pececitos y algunos patos. Tenía amplios
predios donde se podía reunir mucha gente.
En el curso había un ambiente de entusiasmo. Las charlas
eran sobre qué llevar para comer, que ropa ponerse. Si llevar la pelota y la
red para jugar al vóley. Todos eran proyectos. Mi amiga era la que estaba
escuchando, sentada en su banco, segura que sus padres no la dejarían ir.
Se me hacía difícil aceptar esa situación. No sería un día
tan completo si no lo compartía con ella. Y me devanaba pensando en alguna
solución.
Se me ocurrió una idea. Hablé con la maestra, que era
sensible y jovial y le propuse que fuera a la casa de Anoushka y hablara con
sus padres.
Aceptó mi propuesta y lo hizo, pero no tuvo éxito. Pero no
nos íbamos a dar por vencidos.
A un compañerito se le ocurrió que podíamos ir todos, junto
con la señorita, a conseguir el permiso.
Unos días más tarde y con la autorización de los padres
fuimos todos. Llamamos a la puerta pero nadie salió. Estaban en la casa porque
notamos el movimiento tras las cortinas. Después de cierta insistencia a mí se
me ocurrió una idea loca y la propuse.
Así fue que comenzamos a cantar una canción que habíamos
aprendido en la clase de música. Al terminar de cantar abrieron la puerta y se
acercaron. Invitaron a la maestra a entrar. Ella les propuso, para
convencerlos, que participaran del pic nic ellos también y así podrían “vigilar”
a su hija.
Finalmente accedieron y todos nos fuimos contentos y
cantando.
El día de la primavera fue un día muy divertido para mis
compañeros y para mí. Pero para Anoushka fue el día más feliz de su vida. Ver a
sus padres, siempre tan serios, reír, conversar y compartir juegos era un
regalo de la vida.
Ver la sonrisa de Anoushka fue inolvidable.
Nela Bodoc - 2026