Cuento fantástico
¿QUÉ
HABRÁ SIDO?
Jamás
pensé que pudiera vivir una experiencia semejante, justo aquella noche en que
tomando una cervecita con los muchachos, comenzamos a hablar de una película
que habíamos visto sobre zombis, y que algunos aseguraban que sí existen,
mientras otros lo considerábamos fantasías. Después de despedirme de ellos salí
del bar y me crucé con ella frente al
viejo Hotel Royal.
¡Laura! ¿Qué hacés
aquí a esta hora? –pregunté incrédulo.
Laura
Alonso, mi compañera y compinche en la primaria y la secundaria, con la que
planeábamos la mayoría de las diabluras de la infancia y la adolescencia, a quien
no veía desde nuestra graduación, pues ella siguió estudiando y yo comencé a
trabajar, convirtiendo mi vida en sedentaria y monótona.
Esperarte –contestó con
ese brillo que aparecía en sus ojos cada vez que urdía alguna travesura- necesito tu ayuda esta noche.
¿Para qué? –pregunté
mientras ella me arrastraba de un brazo hasta su auto, en tanto que miraba
hacia todos lados buscando no sé qué o a quién. Subimos a su auto y nos
alejamos dejando atrás el centro de la ciudad rumbo al Oeste.
¿Adónde me llevás? –pregunté
temeroso, conociendo sus arrebatos.
Al cementerio de la
Villa
–contestó como si dijera que íbamos a la verdulería.
¡¿Qué?! ¡¿Estás
loca?! ¿A esta hora? ¡Son casi las once de la noche!
¡Por eso necesito tu
compañía, tarado! –dijo con tono descortés, como si yo hubiera preguntado
la mayor obviedad.
¡Basta! – dije
comenzando a enojarme – ¡Quiero que me digás todo ya mismo!
Frenó
de repente y casi me golpee la cabeza contra el parabrisas.
Resulta –dijo – que esta tarde se produjo una discusión en la Facultad porque los
varones decían que las mujeres hablamos de igualdad de sexos pero que somos
débiles y miedosas por lo que nunca les igualaremos. A tanto llegó la discusión
que me desafiaron a entrar al cementerio a media noche y recoger un pañuelo que
todos firmaron y que dejaron colgado esta tarde en el paredón del fondo pero en
realidad me muero de miedo así que te busqué para que entrés sin que te vean y
me esperés adentro.
¡Estás más que loca –me defendí
aunque sabía que ella siempre ganaba- no
entro ahí ni borracho!
¡Cobarde! -exclamó
despectiva y a sabiendas de que con eso yo cedería- Viste que tengo razón, los hombres son más miedosos que nosotras.
Dicho
esto puso en marcha su autito y partimos hacia el antiguo cementerio de la
Villa, que no tenía sereno ni iluminación y el portón estaba tan oxidado que no
se podía cerrar, y como ella lo había
previsto, me quedé escondido adentro invadido por mis temores más oscuros. Al
poco rato llegaron dos autos con varios chicos y chicas y esperaron a Laura
haciendo conjeturas acerca de si ella sería capaz de ir o no a la “cita”, y sin
imaginar que alguien los escuchaba, las chicas del grupo pedían a los varones
que desistieran porque podía caerse y lastimarse, a lo que ellos dijeron que
no, que le darían una lección. La dejarían que cumpliera su parte, que
atravesara el cementerio y trajera un pañuelo, pero, a lo que le habían
agregado el condimento de poner un grabador y una luz mortecina dentro de un
destartalado mausoleo, conectado a un reloj que lo pondría en funcionamiento
tres minutos pasadas las doce de la noche.
Laura
llegó cuando faltaban cinco minutos para la hora acordada. Sus amigas trataban
de hacer que ella cambiara de idea, pero ella, sintiéndose el centro de
atención y sobre todo sabiendo que no estaría sola en la aventura, se
vanagloriaba de un coraje que estaba lejos de sentir. Haciendo gala de su simulado
valor entró por la oscura boca del cementerio, y sin que los de afuera se
percataran siquiera, nos encontramos y le conté lo que había oído.
Nos
disponíamos a ir a buscar el pañuelo cuando una nube cómplice oscureció
repentinamente la escasa luz de la Luna en cuarto menguante. La mano de Laura
oprimió la mía casi con desesperación, y no es que yo tuviera menos miedo que
ella, pues me sentía cerca del pánico. No sé qué le sucedería a ella, pero yo
tenía la garganta apretada y todos mis sentidos alertas esperando la orden de
huida. La voz temblorosa de Laura me llegó como un susurro.
Bien podría aparecer
algún residente para ayudarnos – dijo tratando de ser graciosa para darnos
ánimos – pero parece que están ocupados
en alguna otra cosa y no tienen tiempo para ser corteses con las visitas.
Nos
quedamos largo rato en silencio tomados fuertemente de las manos, mientras a lo
lejos se dejaban oír los quejumbrosos sonidos y se veía la luz de aquella
coreografía preparada por sus amigos, pues ya había pasado la medianoche. Me rindo –dijo Laura con voz temblorosa
– prefiero perder la apuesta aunque se
burlen de mi por el resto de mi vida.
Asentí
con un gruñido, y al ponernos de pie para volver sobre nuestros pasos
percibimos que alguien se nos aproximaba, casi no veíamos pero sentíamos un
hedor muy fuerte y una respiración dificultosa como la de alguien con problemas
bronquiales. Una mano huesuda y pringosa se posó sobre las nuestras que
permanecían estrechamente apretadas, y nos dejó el famoso pañuelo autografiado,
prueba irrefutable del cumplimiento de la hazaña. Sentí como Laura se desmayaba
junto a mí y no tardé en seguirla. Cuando desperté la luz de la luna iluminaba
débilmente y los amigos que la esperarían afuera caminaban de a dos entre las
tumbas llamándola a gritos, preocupados por su tardanza.
Recuperando
su compostura habitual mi amiga me hizo señas de que estaba bien así que
ocultándome llegué hasta su auto y allí la esperé mientras ella se reunía con
los otros y recogía todos los créditos de su excursión. Volvimos sin hablar de
lo sucedido, sumergidos ambos en nuestros pensamientos. ¿Qué podíamos decir?
¿Había explicación posible o era una alucinación?
Buscamos
algún café que permaneciera abierto, nos lavamos las manos desesperadamente
porque todavía nos parecía sentir el desagradable contacto de aquel espectro,
alucinación o lo que fuera sobre nuestra piel. Después desayunamos en silencio
y del mismo modo nos despedimos. Me senté en un banco de la plaza, sin saber
qué hacer, hasta que las primeras luces de la mañana empezaron a despejar mi
melancolía.
Asunción Ibáñez – 2003