Cuento infantil
LOS HABITANTES
DEL BOSQUE
En medio del bosque de arrayanes los turistas charlaban y
reían, mientras con sus teléfonos fotografiaban todo lo que les llamaba la
atención.
Los más pequeños se divertían tratando de alcanzar al
ruiseñor azul que se escondía tras las ramas de los árboles y entonaba sus
canciones acompañado de su fiel amigo, el Ratoncillo violinista. Iban tras el
sonido del violín pensando que por fin atraparían al ruiseñor, pero cuando por fin
llegaban al ramaje desde donde venía la música, nada encontraban. Cansados y
tristes los pequeños se sentaron en el suelo húmedo a orillas del lago a pensar
cómo descubrir al pícaro ruiseñor.
Ahí estaban cuando apareció frente a ellos una mujer muy grande,
despeinada y de muy malos modales con cara de pocos amigos -¿Qué hacen ustedes en mi bosque?- preguntó furiosa, a lo que los
chicos respondieron lo de siempre –NADA.
Uno de ellos le preguntó -Y… ¿usted quién
es?
-Yo soy la Horrible
durmiente, la dueña de éste lugar, así que fuera de aquí, quiero verlos lejos
de mi cabaña, vamos, ¡Rápido que no tengo paciencia! -contestó
No señora -dijo
uno- mamá nos dijo que podíamos recorrer
todo éste lugar ya que pagamos nuestra entrada, solo tenemos que irnos antes que
anochezca-
¡Ja ja ja! -se oyó
una risa burlándose de la Horrible durmiente- así se habla. Yo les voy ayudar a encontrar lo que están buscando -dijo
saliendo de detrás de un árbol.
¿Y usted quién es?
-preguntó una niña.
Yo soy Pepe Aladino y
soy tu buen vecino- respondió él.
¡Bravo, bravo! -aplaudían
los niños -vamos en busca del violinista
y el Ruiseñor. Así que fueron todos tras Pepe Aladino, corrían para poder
seguirlo porque él daba largos pasos y no era fácil alcanzarlo, en eso el sol
fue desapareciendo entre los frondosos árboles y el bosque empezó a oscurecer.
Los chicos estaban un poco asustados.
Mejor sigamos buscando
mañana, yo quiero volver con mamá -dijo una niña sollozando- Sí, sí -dijeron todos y regresaron adonde
sus madres les estaban esperando.
El bosque quedó solo, siguió con su vida y su rutina, pero los
chicos no volvieron jamás. Pepe los esperaba todos los días para buscar al
Ruiseñor.
Es que los duendes jamás se marchan. Los turistas sí.
Ana
María Muñoz – 2026