De la biografía
Amistad
y amor filial.
Nos mudamos a un
barrio nuevo a principio de los setenta. Aún faltaba la construcción de muchas
manzanas, así que formábamos una comunidad pequeña que fue creciendo con los
nuevos vecinos que se mudaban a sus nuevas casas cuando la empresa constructora
las terminaba.
Mis padres habían
trabajado siempre, y les parecía lo más lógico era seguir trabajando. Mi papá
comenzó con un pequeño negocio de golosinas y útiles escolares, que funcionó
muy bien pues cubría necesidades de las escuelas cercanas. Papá tenía un gran
respeto afectuoso por los niños, así que rápidamente trabó amistad y
familiaridad con el entorno.
Mi madre había
sido modista, profesión que practicó muchos años, así que también allí encontró
clientes. Pero poco a poco fue dejando esa práctica y comenzó a realizar
pequeños arreglos como cambiar cierres, forrar botones, modificar prendas y
más. Como la gran mayoría de los vecinos eran familias jóvenes, mis padres
solían ser personas a la que recurrían a pedir algún consejo acerca de cosas
cotidianas; como mi padre había sido agricultor le preguntaban cómo cultivar
tal o cual planta, o como tratarla ante una plaga o cosas así. Y él feliz de
ese lugar que la comunidad le otorgaba.
Y mi madre tenía
otra manera de relacionarse: era un poco la mamá de todos. Cuando alguien le
llevaba una prenda para arreglar ella solía regañarles “Con esas manos tan
lindas que tiene y se considera incapaz de hacerlo usted” y cosas por estilo. A
veces algunas jóvenes preferían dejar el pedido en una bolsita con un detalle
de lo que querían que se les arreglara, y cuando le decíamos “La llamo y le
explicás” solían contestar: “No, porque me reta, para eso tengo a mi mamá”.
Aunque siempre tenía alguien que era más hija que otras. Una de ellas era
nuestra vecina de enfrente, Mary; una joven madre de seis hijos, que pertenecía
a una iglesia evangélica, que me decía a veces “Esa persona cree que la vecina
es su madre” y yo le contestaba “No importa, yo no soy celosa”, y ella agregaba
“Pero yo sí”.
Un 20 de Junio mi
madre murió súbitamente. Y Mary no encontraba consuelo.
También a mí me
costó vivir mi duelo, pero poco a poco fui sanando y agradeciendo y honrando su
vida. Pero a Mary no le sucedía lo mismo, no podía verme sin ponerse a llorar.
Así que un día le pregunté por qué tanto dolor de su parte y ella, entre
lágrimas me confesó: “Lo que pasa es que no logré que ella aceptara a Jesús, y
no podrá entrar al cielo”.
Le pedí que
pensara en Jesús como un Ser de Luz, como el Redentor, quien ve a las almas por
lo que son, no por lo que dicen. Y poco a poco pudo ir haciendo su duelo sin
culpa.
Asunción Ibáñez – 2023.