SENTIMIENTOS
DE INFANCIA
Cuando María comenzó a asistir a la escuela su mundo se
transformó. ¡Todo era tan nuevo!
El primer día estaba asustada, había tanta gente en ése
lugar. Ella que siempre estuvo con su madre y sus hermanos recluidos en su
casa, se sentía incómoda.
Al pasar los días todo fue mejorando, poco a poco fue
aprendiendo el nombre de sus compañeros y también haciendo amistad con las
niñas.
La escuela era grande y muy vistosa, había murales en el
patio y las aulas eran cálidas y luminosas. Las clases le parecían aburridas,
pero cuando sonaba el timbre anunciando el recreo su corazón daba un vuelco de
alegría.
Rosita, Elena, Analía y Elcira, se convirtieron en sus
amigas más cercanas y juntas pasaban el recreo jugando en el patio, disfrutaban
esos momentos entre risas y juegos.
En cambio con los varones el trato era muy diferente, solo
compartía con ellos el saludo y algún comentario sobre lo que la maestra estaba
enseñando.
Analía y Elena, sus queridas amigas vivían cerca de su casa,
a unas pocas cuadras por lo que a veces pasaban las tardes jugando en casa de
ella. La excusa era hacer las tareas, pero en realidad solo pasaban el tiempo
jugando con las muchísimas muñecas que María tenía en su habitación, eran tan
hermosas que parecían niñas, algunas morenas, otras eran rubias y hasta tenía
una pelirroja. Ellas las peinaban y les cambiaban las ropitas como si fueran
sus hijas, y entretenidas, no se daban cuenta que el tiempo pasaba hasta que la
mamá de María, una señora cariñosa y amable, además divertida, las llamaba a
tomar la merienda, y que algunas veces se ponía a jugar con ellas como si fuera
una igual.
Eran tiempos hermosos de aprendizajes y juegos, eran niñas
felices y estudiosas.
Cuando María festejó su cumpleaños en el mes de abril, ya los
días otoñales eran frescos y lloviznaba suavemente por lo que “todo sería
dentro de casa” eso dijo la mamá, quien había invitado a todos los compañeros
de la clase.
Ese día jugaron todos juntos, estaban tan contentos y todo
les parecía maravilloso.
Después de tomar el chocolate y devorar todo lo que había
sobre la mesa quisieron salir a jugar al jardín, había cesado la tenue lluvia
así que, la mamá de María estuvo de acuerdo, eso sí, recomendándoles que tengan
cuidado de no caer.
Niñas y niños corrían entre rosales y jazmines para no ser
manchados, es que ¿quién no jugó alguna vez a la mancha? todo era alegría en la
fiesta de María. Hasta que se fueron a jugar a la galería embaldosada y un niño
llamado Alberto resbaló y cayó pesadamente al suelo golpeándose la cabeza,
todos se asustaron mucho; el muchachito estaba tendido en el piso, pálido
llorando. Vino el médico y lo revisó de forma cautelosa, al cabo de algunos
minutos Alberto se incorporó y el galeno dijo que estaba bien y que podían
seguir jugando, pero dentro de la casa. “Nada de correr afuera” dijo.
Fue un tiempo precioso para esos niños que hoy son adultos y
siguen conservando estos recuerdos y su bella amistad.
Ana María Muñoz – 2026