Fábula
La
gata blanca y el teléfono.
Convivo con una
hermosa gata blanca, que invité a viniera a mi casa, que abandonara la
alcantarilla en que estaba hasta ese momento. Aceptó con gusto instalándose
como dueña y señora, y tres días después me regaló tres hermosos gatitos bebé;
acomodamos a toda la familia gatuna en un cajón de frutas vacío que nos
obsequió una vecina, al que le hicimos un colchón con una almohada y quedó de
maravillas.
Katita, que así
la llamamos, se sentía muy feliz y, cuando alguien se acercaba a ver a su
familia ella los mostraba con orgullo.
Yo hablaba por el
teléfono móvil con toda naturalidad contando acerca del regalo que esta nueva
compañera me había traído, y buscando entre mis amistades y conocidos a quien
quisiera adoptar un gatito, que estaban tan bellos, tan tiernos, tan
juguetones… pero que no se podían quedar en nuestro pequeño departamento,
mientras la madre miraba intrigada.
Un día, alguien
se llevó un gatito, abrazado con cariño mientras le decía palabras muy dulces
y, en un descuido mío, el teléfono se cayó de la mesa. No pasó nada, o eso
creí.
Otro día, otra
amiga se llevó el segundo gatito, yo se lo había ofrecido en una llamada
convenciéndola de que lo acogiera en su hogar, luego de que partieran la llamé
varias veces para ver cómo iba la convivencia, tal como hacía con el primer
adoptante. Todo marchaba muy bien en ambos casos. Y esta segunda vez, el
teléfono volvió a caer sin motivo aparente, pero esta vez se le quebró el
vidrio frontal.
Cuando el tercer
gatito encontró hogar, el drama se desató. En mi ausencia la dulce Katita
arrojó al suelo al indefenso aparatito, al que luego empujó reiteradas veces
contra las paredes a lo que ella consideraba, al parecer, un diabólico
instrumento, ya que a juicio de la gata era el responsable de la pérdida de sus
hijitos, golpeándolo hasta que quedara sin su vida artificial y mecánica.
Moraleja: No
juzguemos a los seres y a las cosas que nos rodean con soberbia, no solo están
para servirnos.
Asunción - 2026