Las palabras pueden ser un portal
Anita estaba
escribiendo en la máquina practicando la dactilografía con ejercicios especialmente
preparados por la profesora para ejercitarles en esa técnica.
Escribió
tantas veces esa estrofa con las reflexiones de Séneca, que comenzó a ocurrir
algo en ella y a su alrededor, empezó a abrirse ante ella un portal, desde una
abertura pequeña que fue creciendo… creciendo. Era como vislumbrar otro mundo a
través de ese agujero.
Y cuando el
portal, que ya era bastante grande como para que ella cupiera, levantó una pierna,
después la otra y con un brazo afirmándose del borde de una ventana pasó al
otro lado, a otra dimensión.
Se fue
haciendo cada vez más real esa posibilidad, ese otro mundo en el que se iba
adentrando, que se iba haciendo más real dentro de ella. Se estaba expandiendo.
Con este
nuevo sentir se adentró por un camino de tierra que la llevaba hacia un hermoso
prado verde rodeado de árboles, de los cuales comían sus frutos animales como
de otra dimensión, amorosos y sutiles. Anita se acercó a un árbol con flores y
frutos dorados, tenía la forma como de un hibisco pero más grande, y
sobresalían sus estambres, también dorados.
Acarició una
flor y se contagió de su dorado, y en un momento estaba llena de luz. Agradeció
al árbol la LUZ.
Siguió
caminando y conociendo el lugar y apareció un ave, una hermosa ave con una gran
cola, de bellos colores, todos en tonos rosados, era preciosa, que se acercó a
Anita y tocó con su pico su mano y pidiendo cariño, acercó su cabeza y al
acariciarla el corazón de Anita comenzó a latir muy fuerte, en ese instante se
dio cuenta que sentía un profundo amor por sí misma y para con todo a su
alrededor. Se llenó de amor.
Agradeció al
ave el AMOR y continuó caminando y conociendo el lugar.
Luego
encontró una cueva acogedora, muy limpia, donde entraba la luz suavemente por
algunos rincones y entró en ella. Había mucho silencio que invitaba al
recogimiento. Se sentó en una pequeña roca y se quedó allí, en total quietud,
se hizo una con el silencio, allí encontró la PAZ.
Anita tuvo
que volver a su realidad pero ya no era la misma, ahora la luz, el amor y la
paz la impregnaban y de ella nació compartir estos dones recibidos con todos
los seres que la rodeaban.
Cecilia Delherbe – 2026