Rezongona
Así la
bautizamos. Era una fotocopiadora grande, muy resistente, que encendíamos al
abrir el negocio apagábamos al cerrar. Mientras no sacaba copias emitía un
suave ronroneo por lo cual la llamábamos así.
Era máquina para
grandes trabajos. Había otra más pequeña que se utilizaba como refuerzo cuando
Rezongona hacía gran cantidad de copias iguales; era pequeña, y la llamamos
Coqueta, ella sí me quería, nunca me dio un disgusto, pero Rezongona ¡Uf!
Funcionaba perfecto con cualquiera de los operadores ¡Menos conmigo!
¡Las veces que no
funcionaba bien! ¡Incontables! Pero solo conmigo. Entonces yo pedía el servicio
técnico, quienes me recomendaban que para que no hubiera un daño mayor la
apagara. Pero cuando llegaban los técnicos todo marchaba perfecto. Creo que
llegué a soñar que la ranura de su salida hojas, en ciertos momentos, lucía una
mueca sonriente.
Algunas veces yo
esperaba a mi asistente para que realizara lo trabajos más grande, pues con
ella no tenía problema alguno.
Era sabido que
Rezongona no me quería. Por eso, cuando el trabajo era más urgente o delicado,
recurría a la pequeña Coqueta, aunque fuese más lenta y yo debiera quedarme
después de hora.
Rezongona y yo
nunca nos llevamos bien.
Asunción Ibáñez – 2026.
Consigna:
¿Alguna vez sentiste que un ser inanimado tiene vida y sentimientos?