Relato
La máquina de
coser y yo
Mi madre y yo compartíamos una antigua máquina de coser
Singer. Tenía entendido, en aquel entonces, que era una de las mejores ya que
era una marca muy reconocida.
Ya había practicado bastante en la academia de corte y confección.
Tenía un muy buen dominio de la misma.
La máquina funcionaba a pedal con el movimiento de los pies.
Si no se hacía correctamente surgían las dificultades. Se cortaba el hilo y se
interrumpía la costura. Pero mi progenitora hacía magia con ella. Se sentaba a
coser y la costura se deslizaba sobre la tela como el esquiador sobre la nieve.
Había un idilio entre la máquina y ella. El resultado era impecable.
En cambio cuando me tocaba usarla se iniciaba una batalla
personal. Primero ubicaba el hilo cuidadosamente, lo pasaba por los discos
tensadores, seguía correctamente las guías y por último lo enhebraba a través
de la aguja de derecha a izquierda, como corresponde. Iniciaba el movimiento
girando manualmente la rueda del cabezal y luego con los pies sobre el pedal de
la rueda inferior. Y ¡zas! Se cortaba el hilo con la primera puntada.
Después de lanzar varios improperios revisaba todos los
pasos para intentarlo de nuevo. Era una dificultad tras otra. A veces fallaba
la tensión de la bobina interior, otras se salía la correa de la rueda mayor. Y
así podría mencionar una larga lista de inconvenientes. No me quedaba más
remedio que recurrir al auxilio de mi madre. Le cedía el lugar gustosamente.
Ubicaba la tela con facilidad, bajaba el pie que la prensaba y comenzaba a
coser con toda fluidez.
-¡No puede ser!-
me decía.- ¡A ella la ama y a mí me odia!
¡¿Por qué no me deja hacer mi trabajo y pone tantas piedras en mi camino?! Para
colmo tenía que escuchar las interminables críticas de mi experta ascendiente.
-¿Te fijaste si hay
pelusa acumulada en la bobina interior?¿ Le echaste aceite en los puntos de
fricción? Seguramente no controlaste la tensión y no pusiste el hilo
correctamente- me recriminaba haciéndome sentir como una boba.
Además me echaba en cara que tenía una actitud negativa.- Te sentás a coser con mala onda y eso la
máquina lo percibe, por eso a vos no te funciona. Yo la trato con amor y
gratitud por todas las cosas que me permite hacer-
-¡Bah! ¡Lo único que
me faltaba! ¡Ni que estuviera viva la cosa ésta!- contesté frustrada. -¿Será que tendré que hacer terapia para
poder usarla correctamente? Me pregunté - ¿ O acudir a una de esas personas que liberan de las energías negativas a los objetos con sahumos,
sahumerios y otros misteriosos procedimientos?
Nela Bodoc – 2026