ANSIEDAD
Cuando la luz del día entró por la ventana, Juana salió de
su cama con prisa. Sus movimientos eran lentos debido a su avanzada artrosis;
pero hoy era diferente. Estaba ansiosa, desde que leyó el mensaje en su
teléfono, su vida rutinaria había quedado atrás, ahora era un torbellino.
Hacía mucho tiempo que vivía sola en su pequeña cabaña a las
afueras del pueblo, tranquila y sin esperar nada especial para su vida.
Pero hoy llegaría la hija, su única hija, ausente durante
años, y ese era un suceso tan inesperado como desconcertante. Sin previo aviso,
llamada telefónica, carta o telegrama, solo el escueto mensaje de la noche
anterior: “Espérame mañana al mediodía. Voy en ómnibus” Lo había leído tantas
veces, tratando de ordenar sus confusos pensamientos, no recordaba cuando fue
que se marchó diciendo que jamás volvería a verla. Desde pequeña fue una niña
rebelde y altanera. Muy estudiosa, eso sí.
Difícil guiarla en su adolescencia, ella siempre tenía la
razón en todo.
Mientras se vestía con su mejor ropa, y se calzaba los
zapatos de los días domingos, iba ordenando la casa y pensando cómo sería el
encuentro. Miraba el reloj a cada momento; la ansiedad se había transformado en
temor. Conocía muy bien a su hija, con su carácter fuerte y un corazón duro como
piedra.
Salió con tiempo hacia la terminal de ómnibus, conducía con
calma su viejo auto, eran pocos kilómetros y la ruta estaba despejada.
Cuando vio llegar el inmenso vehículo se quedó inmóvil, las
manos empapadas de sudor. Los pasajeros comenzaron a descender, su mirada
estaba fija en la puerta, su hija no aparecía.
De pronto, unos niños corrieron hacia ella gritando: -¡Abuela,
abuelita! -En eso sintió una mano sobre su hombro y una voz que le decía: -¿Cómo
estás mamá?
Su mente confundida no lograba entender qué estaba pasando,
ella esperaba una muchacha joven y altiva, no una señora con dos criaturas.
Tardó en reaccionar ¿Pero usted quién es? -Me parece que
está confundida-
-Madre, soy tu hija- dijo la mujer con la voz quebrada por
la emoción.
Fue difícil reconocerla, su hija convertida en una hermosa
mujer, madre de esos lindos y traviesos muchachitos que corrían a su alrededor
y tironeaban su vestido.
-Mamá, te quiero y te he extrañado mucho, ojalá me puedas
perdonar algún día por todo lo que has sufrido con mi comportamiento
caprichoso. ¿Viniste sola?-¿Dónde está papá?- preguntó mirando hacia todos
lados ansiosa.
-Hija querida que alegría me das con tu regreso, tu padre
siempre te esperó; pero ya no está para celebrar que volviste, hace tiempo que
la enfermedad se lo llevó de mi lado.
El silencio y el dolor de la mujer se fundieron en un llanto
desesperado de culpa y remordimiento, ya no podría estrechar las manos de su
padre como soñaba.
El abrazo de madre e hija fue largo y húmedo de lágrimas
guardadas durante largos años.
-Nada que perdonar, nada que reprochar, la vida está por
delante y es para ser felices, sonreír y disfrutar- dijo Juana con una voz
joven y llena de esperanza.
Los niños llenaron la casa de alegría, gritos y felicidad.
Ana María Muñoz – 2025
Leerte es un aprendizaje que se disfruta desde el alma
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