jueves, 22 de enero de 2026

 

ANSIEDAD

 

Cuando la luz del día entró por la ventana, Juana salió de su cama con prisa. Sus movimientos eran lentos debido a su avanzada artrosis; pero hoy era diferente. Estaba ansiosa, desde que leyó el mensaje en su teléfono, su vida rutinaria había quedado atrás, ahora era un torbellino.

Hacía mucho tiempo que vivía sola en su pequeña cabaña a las afueras del pueblo, tranquila y sin esperar nada especial para su vida.

Pero hoy llegaría la hija, su única hija, ausente durante años, y ese era un suceso tan inesperado como desconcertante. Sin previo aviso, llamada telefónica, carta o telegrama, solo el escueto mensaje de la noche anterior: “Espérame mañana al mediodía. Voy en ómnibus” Lo había leído tantas veces, tratando de ordenar sus confusos pensamientos, no recordaba cuando fue que se marchó diciendo que jamás volvería a verla. Desde pequeña fue una niña rebelde y altanera. Muy estudiosa, eso sí.

Difícil guiarla en su adolescencia, ella siempre tenía la razón en todo.

Mientras se vestía con su mejor ropa, y se calzaba los zapatos de los días domingos, iba ordenando la casa y pensando cómo sería el encuentro. Miraba el reloj a cada momento; la ansiedad se había transformado en temor. Conocía muy bien a su hija, con su carácter fuerte y un corazón duro como piedra.

Salió con tiempo hacia la terminal de ómnibus, conducía con calma su viejo auto, eran pocos kilómetros y la ruta estaba despejada.

Cuando vio llegar el inmenso vehículo se quedó inmóvil, las manos empapadas de sudor. Los pasajeros comenzaron a descender, su mirada estaba fija en la puerta, su hija no aparecía.

De pronto, unos niños corrieron hacia ella gritando: -¡Abuela, abuelita! -En eso sintió una mano sobre su hombro y una voz que le decía: -¿Cómo estás mamá?

Su mente confundida no lograba entender qué estaba pasando, ella esperaba una muchacha joven y altiva, no una señora con dos criaturas.

Tardó en reaccionar ¿Pero usted quién es? -Me parece que está confundida-

-Madre, soy tu hija- dijo la mujer con la voz quebrada por la emoción.

Fue difícil reconocerla, su hija convertida en una hermosa mujer, madre de esos lindos y traviesos muchachitos que corrían a su alrededor y tironeaban su vestido.

-Mamá, te quiero y te he extrañado mucho, ojalá me puedas perdonar algún día por todo lo que has sufrido con mi comportamiento caprichoso. ¿Viniste sola?-¿Dónde está papá?- preguntó mirando hacia todos lados ansiosa.

-Hija querida que alegría me das con tu regreso, tu padre siempre te esperó; pero ya no está para celebrar que volviste, hace tiempo que la enfermedad se lo llevó de mi lado.

El silencio y el dolor de la mujer se fundieron en un llanto desesperado de culpa y remordimiento, ya no podría estrechar las manos de su padre como soñaba.

El abrazo de madre e hija fue largo y húmedo de lágrimas guardadas durante largos años.

-Nada que perdonar, nada que reprochar, la vida está por delante y es para ser felices, sonreír y disfrutar- dijo Juana con una voz joven y llena de esperanza.

Los niños llenaron la casa de alegría, gritos y felicidad.

 

Ana María Muñoz – 2025

 

 

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