Minero, hurgas las entrañas de la Tierra por los avances que, quizás, nunca verás.
Este Taller es un espacio de escritura creativa, diseñado para las actividades de extensión Cafh Argentina 6
Descripción
El escritor creativo.
Un joven frente a su notebook ¿En quién
piensa? ¿Qué ve en su cabeza?
Estará escribiendo un recuerdo, o una novela,
o imaginando un amor que hasta ahora parece imposible.
Imagina que conoce a una Julieta siglo XXI, de
la que le separa una gran muralla. Piensa que toma un pico y comienza a
derribarla.
I va más allá con su imaginación ¡Casi la ve! Ella
retira con sus delicadas manos los ladrillos, uno a uno, con la misma ilusión:
encontrarse con el joven del que está separada.
El grosor de la pared desalienta un tanto a la
joven, y, del otro lado de esa gran masa de ladrillos se encuentra al joven
Romeo, que se enoja, y en su desesperación descarga golpes furiosos contra esa
esa misma mole que los separa.
El corazón de él se acelera con el esfuerzo
desmedido, pero persiste; escucha o cree escuchar que ella está del otro lado.
Insiste.
Y lo logran… la pared cede, él toma un
marchito ramito de flores y atraviesa la distancia, se aproxima a ella que lo
espera anhelante, con el corazón abierto al encuentro.
¡Al fin juntos!
Así termina su novela, como si él mismo la
hubiera vivido.
Asumi
- 2024
De la memoria.
El Guitarrón
En el año 1950 Bela (diminutivo de Isabel) era una niña de
cinco años. Octubre se acercaba a su fin y su familia llevaba una semana de
preparativos porque el día de todos los santos irían al cementerio.
Bela no entendía nada de eso, puesto que nadie le había
explicado de qué se trataba, pero la sola idea de que sería una fiesta o algo
parecido le creaba una gran expectativa, pues su mamá había amasado y horneado
pan para armar los sánguches con jamón casero, y lavado bien las manzanas que
tenían en la despensa y las cerezas que su padre acababa de cosechar. También
forraron una damajuana de cinco litros con varias vueltas de tela de arpillera,
para llevar agua potable y que se mantendría fresca con el forro mojado.
Anuncio de festín del Paraíso.
El día dos de noviembre llegó temprano por la mañana un
destartalado camión, que Bela veía como nave que la llevaría a la aventura
espacial de sus sueños. Ya habían subido varios vecinos, sus tíos y primas, y
parientes de esa gente, desconocidos para ella, entre los cuales se destacaba
un hombre de físico enorme pero agradable, con fuertes músculos, moreno y de
ojos y bigotes renegridos, al que le decían Guitarrón. Bela no entendió por qué
ese nombre.
Partieron en el viejo vehículo rumbo al cementerio de Cañada
Seca, disfrutando del aire tibio de la primavera, y cuando se aproximaban al
lugar el tránsito era más intenso y el polvo en el aire también, puesto que los
caminos estaban sin asfaltar. Además iba mucha gente de a pie llevando en sus
brazos ramos de flores, interpretando una coreografía inusual.
Cuando llegaron al lugar, se desarrollaba allí una
improvisada zarzuela, o romería, pues toda la zona alrededor del camposanto
estaba poblada de incontables bailantas improvisadas en pequeños espacios
cubiertos con lonas que olían a mosto, pues eran las carpas que se usaban en
los camiones para acarrear la uva a las bodegas en tiempos de cosecha. Bajo la
escasa intimidad de ese reducido espacio se cobijaban guitarreros y cantores,
cuyas voces y rasguidos de guitarras (puesto que el folklore cuyano no tiene
instrumentos de percusión) se entrelazaban impidiendo reconocer alguna en
especial, y que se sumaban y entrelazaban con los sonidos de la siguiente
carpa, y la otra, y la de más allá, un río crecido, no de agua, sino regado con
vino.
Los adultos descendieron con baldes y trapos para la
limpieza de las tumbas, más las flores que ofrendarían a sus seres queridos
allí residentes y dejaron a los niños degustando sanguchitos y dulces en el
camión aparcado a la sombra de un sauce llorón que lucía sus primeros brotes.
Todos los adultos ingresaron al cementerio con sus rostros circunspectos como
exigía la ocasión, todos menos uno: el Guitarrón.
Posiblemente con alguna escusa se alejó del grupo en sentido
opuesto al ingreso del camposanto, directo a buscar compadres en las carpas que
pudieran compartir con él algún vino nuevo para evaluar su calidad mientras
hacían algún aro, aro, aro. Y si no había algún conocido igual le darían a
probar, y seguiría recorriendo hasta dar con alguien que le fuera conocido,
mientras cataba el agua transformada en vino.
Pasado algún tiempo, poco a poco todos iban regresando al
camión, todos menos el Guitarrón.
Hartos de esperar su familia salió a recorrer escenarios
hasta que dieron con él. Fue un drama poder acercarlo al transporte puesto que
estaba como una cuba, un niño enorme incapaz de caminar solo ni mantenerse
sobre sus pies, oliendo a lagar antiguo que no dejaba de balbucear “Suéltenme
que yo puedo”.
Cuatro o cinco hombres fornidos y acostumbrados a las tareas
pesadas del campo fueron necesarios, no sin un gran esfuerzo, para subirlo a la
caja del camión donde se acostó tan largo como era a dormir la mona.
Cuando Bela y su familia llegaron a su hogar, sus padres se
sentaron frente a frente, cada uno de un lado de la mesa, mirándose a los ojos,
en un prolongado diálogo sin palabras.
¿Qué sentido tiene lo que hicimos? Preguntó la madre sin
encontrar respuesta.
Fue la única vez que Bela “celebró” el día de los Santos
Difuntos.
Marta Ibáñez - 2024
Y allí vamos de nuevo
Otra vez recomenzando
Con sueños de no sé cuándo,
Con ganas que siempre están
Y cada cual en su afán,
Cada uno con su huerto
De lo seguro a lo incierto.
Cada cual con su esperanza.
Entre cenizas hay brasas
Para iniciar el fogón
La fe y el amor alimentan
A un fogueado corazón.
Alberto Coronel - 2024
Micro relato con
aforismo
Ella solo empezó a vivir, a vivir intensamente, y fue allí
donde se ilusionó y la decepción se hizo moneda corriente y de eso también
aprendió.
Fue con calma, como en puntas de pie, para que esas
expectativas, muchas veces inevitables, no la lastimaran.
Igual siguió: siguió viviendo esa nueva vida llena de
aventuras, de nuevas sensaciones, de nuevas experiencias.
Sabiendo que su hermosa red de contención, cada día más
fuerte, nunca la dejaría caer y siempre la acompañará para reír, para llorar,
para iluminar el camino.
¡Que seríamos sin esas amigas que hacen de nuestras vidas
una aventura compartida!
Laura Mondati - 2024
NOVELA
Firmé un libro y salí de la comisaría, era una mañana
cálida, con gente desplazándose sin prisa, fue difícil caminar después de una
noche terrorífica, durmiendo en el suelo y con la barriga vacía, anduve unas
cuadras y encontré una plaza donde me quedé haciendo ejercicios para recuperar
mi lamentable estado físico. Seguí caminando y desde lejos divisé la casa de
Amalia.
Cómo no hacerlo si en un entorno de casas bajitas, comunes,
se erguía imponente esa especie de castillo medieval que heredó de unos tíos
lejanos a los que ella cuidó hasta que fallecieron.
Recordé que cuando éramos niños veníamos a visitarlos, ella,
la tía, era una señora amable y cariñosa, a mí me gustaban las meriendas que
nos servían, es que preparaba tantas cosas exquisitas que cuando mamá anunciaba
que iríamos a ver a los tíos, yo saltaba y aplaudía contento.
Tal vez por eso me sentí triste al leer el cartel que había
en las rejas: SE VENDE Llamar al teléfono 274797.
Me senté frente a la gran casona ya que era temprano y
Amalia duerme hasta tarde los domingos, mil ideas empezaron a rondar por mi
cabeza ¿Por qué querrá venderla? en realidad es muy grande para una sola
persona. Será que no puede cubrir los gastos y pagar los altos impuestos. Será
qué tal vez quiere marcharse del pueblo, en fin, ahí estaba yo imaginando éstas
y otras muchas conjeturas, lo cierto es que el tiempo parecía no avanzar. Es
que los días domingos son lentos, tediosos.
De pronto tuve una visión reveladora, imaginé ver la casona
convertida en un lugar de descanso para las personas que iban a pasear a la
costa y me vi atendiendo, recibiendo y despidiendo gente. ¡Qué locura!
Tal vez no era una locura, con tantas habitaciones y ése
comedor inmenso, además de los bellos jardines que solo necesitaban
mantenimiento…
Pensaba también en el pago recibido por mi jubilación y mis
ahorros de tantos años trabajando en alta mar…era buen dinero para comenzar una
actividad que siempre me gustó, cuando llegábamos a algún puerto y nos
atendían, me sentía feliz.
Tendría que conversarlo con mi prima, tal vez en un futuro
próximo seamos socios.
¿Por qué no? Así la casona seguiría siendo de la familia.
Crucé la calle y toqué el timbre, era hora de estar cara a cara con Amalia.
Ana María Muñoz - 2024
cuento
El
olvido de las Musas
Sí, porque deben haberme olvidado. Acabo de recibir un
ultimatum de la editorial, pues mañana vence el plazo en el que debía enviarles
mi nueva novela por la que me han pagado el cincuenta por ciento de lo
acordado, y de la que no he podido desarrollar ni el título.
Después de mi última novela, que alcanzó el estatus de “best seller” con la
que logré ser reconocido en los círculos de escritores y, poco a poco, ir
ganando gran popularidad entre los lectores de temas de moda, y tuviésemos una
enorme venta de ejemplares, los creativos de la editorial se apresuraron a contratar
mi siguiente trabajo, antes que alguna competidora se les adelantara, y yo,
agrandado como galleta en agua como dice el dicho popular, les aseguré que
sería aún mejor que la anterior; pero heme aquí, paralizado, impotente ante mi vieja
computadora, sin saber qué hacer.
Como una posibilidad, ante la incertidumbre, se me ocurrió
citar a Lisandro Espina, el personaje central de mi novela estrella “El pampero
imbécil”, a una entrevista esperando lograr alguna idea interesante. Lisandro
vino, al parecer con la esperanza que compartiera con él algo de las ganancias
que dicho libro devengó, pero al saber que solo le llamé para que me ayudara
con alguna idea, se levantó de su silla y se fue dando un portazo. Recurrí a
otros personajes secundarios, como Areolinda Barroso, la enamorada de Lisandro
en esa novela, pero ella me increpó diciendo que la había expuesto ante los
lectores como una pobre desgraciada, lo que le produce tanta vergüenza que no
puede ni mirarse al espejo. Los otros personajes que cité ni siquiera
aparecieron.
Me he sentido muy defraudado y siento que esos personajes son
unos desagradecidos, pues no creo que algún otro escritor se interese en darles
vida.
Así fue que tomé una arriesgada decisión: llamaría a un
“casting” para el día siguiente. Grande fue mi sorpresa cuando, al abrir la
puerta, vi una enorme fila que daba vuelta a la esquina. Hacia allí me dirigí,
y para mi asombro, llegaba a la otra esquina. Mi curiosidad me llevó hasta ese
lugar y la cola ya estaba por alcanzar nuevamente mi vereda en cuanto se
agregaran algunos más.
Hice pasar con toda amabilidad a la primer persona de la
fila, una hermosa joven gitana, pero ella venía a ver qué tenía yo para
ofrecerle, que como les dije, yo carecía totalmente de argumento, por lo que le
pregunté por su experiencia y ella me aseguró que había trabajado con Cervantes
hacía unos siglos, pero después de eso no había tenido ningún otro trabajo.
Algo semejante sucedió con el segundo personaje, era
Prudencio Aguilar, quien fue muerto por José Arcadio Buendía en “Cien años de
Soledad” de la pluma de Gabriel García Márquez; el tercero era Magog, quien trabajó con Gog en
“El banquete de Severo Arcángelo”, de Marechal, y después se presentó la
pulpera de Santa Lucía, y luego Peter Pan, y más tarde un pitufo… y ya comencé
a marearme, pero seguí entrevistando a los innumerables personajes de aquella
inagotable fila. Pero cuando ya no daba más de cansancio entrevisté a uno que
me hizo ver la realidad de ese momento: “El loco” de Kalil Gibrán. Él me dijo
que lo que ellos querían era que yo les diera vida, no que se las robara.
Así fue que cuando el loco se fue también salí con él. Y me
dirigí al final de la fila y ahí estoy, esperando que algún escritor me cite
para dar vida a un texto.
Asunción - 2024
Microcuento
Ellos
Los jóvenes de mi barrio, son los dueños de la noche. En la quietud de la oscuridad ellos son los protagonistas, nadie los detiene.
Todo está habilitado hasta la llegada del sol, cuando se evaporan por temor a que sean desintegrados sus corruptos cuerpos.
Una noche como todas las demás. La situación era diferente, el silencio, la desolación más profunda.
El miedo
estuvo constantemente presente.
Ana Lucila Osorio – 2024
NOVELA
Cansada, harta,
no sé cuánto rato me resistí sin que se notaran mis turbios sentimientos, Rhoda
por fin se había marchado con los platos, así que no tuve que controlar mi
rostro por más tiempo. Pero, pasados unos minutos me sentí mejor, el remolino
de mis pasiones se fue aquietando dentro de mí.
Rhoda tenía esa
habilidad, la de agitarme interiormente, pues nos conocíamos desde nuestra
adolescencia, ella como empleada al servicio de mi familia desde que ambas
teníamos diecisiete años. Siempre creí que ella tenía envidia de mí, pero la
realidad parecía ser otra; yo la envidiaba.
La posición de mi
familia me obligaba a ajustarme a normas sociales que detestaba y detesto, lo
que cuenta para mí pero no corre para ella. Los preceptos para una “señorita”
son anticuados y aburridos, y ella es joven, sociable y bella, y lo peor para
mí es tener que reconocer que es más feliz.
Y en ese momento,
cuando salió del comedor después de haber presenciado mi discusión con mis
padres, hubiese deseado tener algo a mano, como un libro o un zapato para
arrojárselo a la nuca, pero era un deseo que no podía cumplir.
Al menos espero que
no haya escuchado todo el tema que debatíamos en la mesa hoy, que si bien era
una discusión recurrente, no lográbamos evitarla.
Mis padres
querían hacerme entender que mi relación con Sebastián no era la más
aconsejable, ya que era hijo de campesinos aunque haya llegado a ser un buen
militar: además que desde pequeña mis padres y los padres de Walter, otros
ricos hacendados del distrito, habían pensado en la posibilidad de que una
unión entre ambas familias sería magnífica, y el nudo de esa unión sería una
boda.
Rhoda me hablaba
de que Walter solía invitarla a caminar en sus horas libres, y que le contaba
aventuras increíbles, como que él era un espía, mejor dicho doble agente, y que
si lo descubrían lo pagaría muy caro.
Creo que todas
esas cosas me las contaba ella para alterarme, pero la presión de esas
situaciones me ponían muy mal, aunque gracias a sus comentarios tendría
argumento para deshacerme de Walter, por lo que me propuse a investigar sobre
la veracidad de sus dichos.
Tenía un
escenario roto, pero aprendería a moverme en él.
Marta
Novela.
Me levanté de la cama contemplando las densas y oscuras nubes
que presagiaban lluvia. Ante esa imagen fría y gris sentí ganas de volver a mi tibio lecho.
Mi perro, que dormía plácidamente, me guiñó el ojo en señal
de aprobación.
Me quedé de pie indecisa, entre dormida, para empezar mi
rutina preparando el café.
Abstraída miraba las gruesas gotas de lluvia que caían,
ocasionando un tintineo de campanas en el vidrio que se empañaba con lentitud.
Después de un buen rato que quedé estática, dije en voz alta:
"Esos son defectos de los que no curaré con los años"
y sonreí en silencio.
Patricia Vázquez - 2024
NOVELA
Estaba yo en un pueblo alejado para visitar a mi prima
Amalia, caminando mientras esperaba que ella saliera de su trabajo, mirando los
comercios del lugar, encontré de casualidad un barcito pequeño, entré pensando
tomar un café, miré sorprendido de ver un lugar tan bonito en un pueblo tan
pequeño.
La barra invitaba a degustar alguna de las muchas botellas
que me miraban desde una repisa con curiosidad... olvidé el café y pedí un
trago. Luego otro y más tarde otro, en fin que salí de ahí un poco
desorientado, había anochecido y no sabía dónde me encontraba. En la esquina
había un coche policial, entonces me fui hacia allí y me detuve a preguntar por
la dirección de mi prima, no sé por qué no me entendieron.
Justo ahí fue que caí en desgracia, tampoco sé porque me
invitaron a la comisaría, yo les di las gracias e intenté seguir caminando,
pero los agentes insistieron en que fuera con ellos.
Y acá estoy, detenido por andar ebrio en la vía pública. No
escucharon mi versión de lo sucedido, de todos modos, yo no estoy ebrio, solo
un poco mareado.
Llamé a Amalia para que venga a buscarme, pero ella dijo que
no tenía ningún primo, la muy mentirosa, seguro que le daría vergüenza cruzar
el pueblo con un borracho.
Entonces llamé a mi amigo Andrés, pero estaba en una reunión
y dijo que no podía venir tan lejos, que tal vez mañana o pasado. Le dije que
era una emergencia y me cortó la llamada, en fin, así no más, como si no me
debiera muchos favores.
Llamé al guardia para decirle que quería irme a lo que él
respondió que podría hacerlo mañana, resignado me acomodé en el piso para
dormir.
Ana María.
microrrelato
Miedo
La gente corrió espantada, un ruido sordo como un trueno
había estallado en todas partes. Seguido por una onda expansiva de calor y
colores imprecisos desde el cielo.
Nadie entendía qué pasaba, pero huían por si acaso. El
recuerdo de la guerra tamborileaba con fuerza en el corazón de cada uno.
Había que salir de ahí, huir a como diera lugar, buscar
refugio. ¿Dónde? Nadie podía contestar pero igual corrían hacia ese destino
incierto e ignoto.
¿En qué rincón de la tierra encontrarían refugio? ¿En qué
ribera estaban? Todo se iba volviendo un sueño frío y borroso. Algunos buscaban
con la vista a su familia, pero otros corrían para “salvarse” sin pensar en
nadie “Primero yo” era su lema.
¿De qué se compone el miedo, la ansiedad, la tristeza?
Nadie sabe, pero el corazón les gritaba: “Huye, corre,
abandona todo”
El llanto borraba los rostros y los igualaba.
“Corre, huye”-decían los vientos lejanos.
“Corre, huye y no mires para atrás. Estás solo con tu miedo.
Ya nadie te salvará”
Clara Molina - 2024
Novela
Era una casa de estilo antiguo, de paredes color crema con líneas bordó simulando ladrillos, y de grandes ventanales. Se veía imponente desde la plazoleta en la que jugaba todos los días con la chiquillada del barrio. Todas las casas alrededor eran normales, todos sus moradores se conocían y algunas albergaban tiendas: la librería, la heladería, el almacén de Doña Guadalupe, la ferretería del “Chino” y las revisterías que se apoyaban en la pared colindante a la misteriosa casona.
Nos causaba mucha curiosidad, porque cuando acabábamos de jugar, ya al atardecer, no se prendían las luces como en las demás. Esta particularidad daba paso a que especuláramos sobre si estaba abandonada, o si habría temibles fantasmas. Pasábamos por ahí diariamente y no podíamos evitar el mirarla de reojo e inconscientemente apurar el paso.
Un día, mientras estábamos leyendo nuestras revistas favoritas, escuchamos el crujir de la reja y vimos salir a una mujer y un hombre. Eran mayores, iban muy bien vestidos y del brazo. La elegante pareja tomó un taxi y pasó por nuestro lado sin advertirnos siquiera. Nos miramos y, al menos una de nuestras dudas, estaba resuelta. En la curiosa casa, sí vivía alguien.
Nos propusimos averiguar, con nuestros padres, más sobre esos personajes que habitaban la famosa casa de la esquina del parque.
En la próxima reunión vespertina, cada compañero informó lo que sabía: eran unos ricachones, no se juntaban mucho con los vecinos, eran de origen turco y tenían una tienda de adornos y vajillas en una calle muy importante de la ciudad, la Calle Comercio; la tienda se llamaba “El Gran Poder”; tenían tres hijos: Vicente, Humberto y José; Vicente era médico, Humberto era amigo de mi tío Roberto y José era el menor que vivía con sus padres.
Habíamos acumulado bastante información. Por mi parte, mamá me contó que eran muy simpáticos y que si no los veíamos era porque nuestro horario infantil, de colegio y de juegos, no coincidía con sus actividades de familia comerciante y de gente mayor. Le conté de nuestras fantasías acerca de su amedrentadora y fantasmagórica mansión. Largó una cantarina carcajada y me dijo que esa Navidad que se acercaba, nos habían invitado a tomar un chocolate junto a mis tíos y primos.
Claramente mi historia fue la más cercana y resolvió todas nuestros interrogantes. Todos quedamos impacientes a que llegara el día de la invitación y que les contara cómo era todo por dentro.
Cinco días antes de las fiestas de ese año, en el día señalado, mi familia y yo nos alistamos para ir de visita a lo de “los Zogbi”. Me sentía nerviosa y expectante. Todo lo imaginado se convertiría en algo real
Atravesé la reja verde de la mano de mi madre. Nos
recibió una señora mayor de pollera, nos condujo a la entrada principal. La puerta
entreabierta me permitía ver la sala de recepción.
Entramos y me sobrecogió la altura de los techos, la gran lámpara de gotas de vidrio y con muchos focos, un espejo enorme biselado y con un labrado marco de madera. El espejo devolvió mi imagen y me sentí muy pequeña en ese espacio tan grande.
Tal vez no me impresionó tanto como debía. La había imaginado tantas veces, oscura, intimidante, que esperaba algo más tétrico, de cuento de terror.
Apareció Doña María, la señora elegante, con una dulce
sonrisa y nos invitó a pasar, luego nos ofreció dar un paseo para conocer su
hogar…
Elisa Alzerreca – Nº 9
Prosa poética
“Taller Lápiz
creativo”
Un espacio donde la creatividad toma mi lápiz, donde la imaginación se vuelve palabra, donde desde unas bellas directivas exploramos sensaciones, vivencias.
La creatividad explota en nuestro interior y la volcamos en un papel.
Un espacio, un tiempo sólo para mí, sólo para mis sentires, sólo para mis expresiones.
Taller donde las letras toman sentido, se ordenan desde el pensar, el sentir y terminan dibujadas en la hoja como un cuadro pintado con los colores del alma.
Porque si no es del alma que surge la escritura sentida ¿De dónde sale?
La creatividad se despierta en cada trazo para dar forma
a ese bonito paisaje tan lleno de colores, de sensaciones, tan lleno de mí.
Laura Mondati
17/10/2024
Capítulo de novela
“Rhoda plantó ante mí el diario doblado, con la fotografía, apoyándolo en mi pocillo de café de después del almuerzo”.
Había esperado durante toda la comida para expresar su enojo
enarbolando el diario frente a mis ojos.
La fotografía mostraba con claridad mi cara junto a la de
una muchacha hermosa de pelo largo y lacio que sonreía alegremente mirándome a
los ojos. El titular del diario rezaba: “El capitán del barco “Alquimia” no
pierde el tiempo” -y continuaba- “en cuanto pisa tierra ya se lo ve muy bien
acompañado por una joven mujer, con la que comparte una copa en la confitería
de moda de la ciudad”.
¿Cómo explicarle a Rhoda que no conocía a la moza, quién se había sentado para la escena a instancias del fotógrafo de un periódico algo amarillista?
Acababa de llegar de un largo viaje. Estuvimos dos días
conversando sobre nuestras vidas. Ese par de días pasó en un abrir y cerrar de
ojos. No tuve tiempo de acordarme de la anécdota de la confitería.
Habíamos reído y llorado juntos Yo había pasado mucho tiempo
en el mar y habíamos tocado tierras inhóspitas y extravagantes.
Confieso que extrañaba a Rhoda, pero mi alma de marino era
más fuerte que el amor y apego hacia ella, nuestra vieja casa con su jardín
florido era como un sello al que volvía de tanto en tanto para demostrar que mi
corazón seguía latiendo al evocar su presencia. Rhoda era todo mi hogar. No
teníamos hijos.
Muchas veces habíamos planeado viajar juntos: “Vamos a ir
acá y allá” y señalábamos en un mapa inmenso que yo tenía en mi escritorio el
futuro destino al que iríamos. Pero por un motivo u otro, todos los planes
quedaban en la nada y entonces, yo partía en busca en busca del sol, la brisa,
el rocío resbalando por mi cara, esperando que el destino me llevara a algún
sitio inesperado con un tiempo sin tormentas. Amaba el mar.
El día de los muertos
A mi abuela
La recuerdo con su rostro de expresión amable
enmarcado por las crespas nieves de su cabeza,
y su mirada atenta, hecha de mieles rumanas.
Por las tardes, firme, de la mano me llevaba,
con su cansino paso de años apilados,
a dar largos paseos por la plaza del barrio,
buscando todo ese sol que le estaba faltando
a su piel de antiguos pergaminos delatores.
Le gustaba abrazarme fuerte, largamente,
como temiendo que fuese el último saludo.
En aquél tibio nido de muy delgados brazos,
más de una vez, he buscado urgente cobijo.
Su voz no era suave, raspaba como sus penas,
pero sus palabras eran tan nutricias
que, aún siguen siendo mi mayor tesoro.
Mi abuela, fue mi patria de la infancia,
esa, que forzadamente, tuvo que dejar atrás.
De grandes pérdidas, adioses y sus saberes.
Un compendio fue la herencia que nos legó,
sin despedidas, se fue de viaje , sin regreso.
No imaginó el enorme vacío que dejaría.
Un abismo interminable de sus ausencias,
oscurecieron, por un terco tiempo, mi horizonte.
Nela Bodoc - 2024
MEMORIAS DE
NOVIEMBRE
En mis años de infancia cuando la vida me parecía una
aventura extraordinaria, con sueños y realidades mezclados con el duro oficio
de ser estudiante, obedeciendo mandatos que me parecían castigos inmerecidos,
llegaba por fin el mes de NOVIEMBRE, que traía nuevos aires y reuniones que
eran una caricia al cansancio del largo año de estudio y de los fríos que
entumecieron mi corazón durante el invierno. Esa estación del año cargada de nostalgias
del verano de playa y frutos maduros que me saludaban alegres desde los frondosos
árboles fecundos.
El primer día del onceavo mes en nuestro calendario, había reunión de primos, tíos y abuelos, encuentro de abrazos y juegos que tanto ansiábamos. El jardín de la abuela Angelina era un arcoiris deslumbrante, donde las camelias, las hortensias y los claveles nos llamaban: ¡Apúrense que ya es momento de ir a visitar a los seres amados que se nos adelantaron en el viaje sin retorno!
Entonces, llenábamos un gran canasto con esas bellas flores mientras las madres preparaban delicias comestibles y salíamos todos rumbo al cementerio, por esa larga calle de tierra, jugando, saltando y riendo felices a limpiar y adornar las tumbas de nuestros familiares que ya vivían en otra dimensión en el gran universo, desconocido por los que quedábamos acá.
Para nosotros, los infantes era una fiesta ya que era casi la única vez del año que los primos nos reuníamos.
Para mi abuela, que ese día vestía riguroso luto negro era un día de recordación y lágrimas por sus hijos que habían emprendido el vuelo hacia el infinito siendo muy jóvenes.
Los nietos jamás entendimos su tristeza.
Ana
María Muñoz - 2024
POR QUÉ ESCRIBO Porque desde el momento en que aprendí a hacerlo me apasionó, jamás dejé la costumbre de juntar letras, sílabas y palabr...