miércoles, 29 de enero de 2025

 

Vivencias

 

 

PERTENECER A LAS MINORÍAS

 

Carmen cursó su enseñanza secundaria en turno nocturno, cosa no muy corriente en los años sesenta, fue una de las dos primeras mujeres egresadas en la de ciudad San Rafael en el turno noche.

Esto le hacía pertenecer a una minoría dentro de otra minoría, ser mujer en una gran mayoría de hombres y concurrir en un turno al que solo asistían los que trabajaban  durante el día.

 Y, como en todo universo, en aquel también había exponentes de los más variados modos de pensar y de sentir. Por ejemplo, el profesor de Economía que trataba de acercar a sus alumnos a eventos culturales que de otro modo no podrían acceder, como llevarlos a un concierto de un afamado pianista que por única vez pasaría por aquella ciudad; o de plantearles temas de actualidad a los que tenían escasos accesos,  o hacerles conocer pensamientos elevados de grandes hombres, como Nietzsche o Jung, sin dejar de lado la materia de rigor, sino convocándolos con un “Pueden salir los que lo deseen” pero que era una invitación para ir más allá de las descascaradas paredes de ese vetusto colegio sin ventanas, pero que abría una a un conocimiento nuevo, distinto, rico, aunque fuera solo por cinco minutos.

 Otros profesores se limitaban a cumplir con las obligaciones que les correspondía.

 Y había otros, por suerte una pequeña minoría, que desconocía aún esa premisa.

 Había  una profesora que no le permitía ingresar a sus clases si no lo hacía en compañía del regente porque, según ella,  no podía hacerlo fuera de hora, aunque de la rectoría había sido notificada por escrito que esa alumna contaba con la debida autorización para llegar quince minutos tarde. Se atribuía la autoridad de impedir el ingreso de Carmen a su clase quizás pensado que le estaba brindando una gran enseñanza, sobre todo considerando que  enseñaba Geografía

Otro profesor gastaba su hora en hablar de fútbol o alguna otra conversación semejante pues, según decía “¿Ustedes para qué quieren química? Si de aquí ninguno va a ir a la Universidad”. Decidía por los alumnos, quienes debían recurrir a la defensa de sus derechos para que se les instruyera de acuerdo a los planes de enseñanza, a lo que dedicaban veinticinco horas semanales de su existencia, descontandolas de su de descaso. ¿Tendría alguna idea aquel profesor de química que su juicio presunto SÍ influyó para siempre en otras vidas y no de la mejor manera?

Carmen guarda un sereno recuerdo de quienes la aconsejaban y movilizaban hacia la responsabilidad en su vida futura, motivándola a abrirse hacia otras expresiones como modo de ampliar el conocimiento. Y agradece el haber podido defender sus derechos de acuerdo a sus convicciones.

 

                                                                       Asunción – 2005



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Crear un personaje   Soy un cactus. Soy resistente a los mandatos, pero estoy en un tazón, sí, así como lo oyen, en un tazón de cerá...