Vivencias
PERTENECER
A LAS MINORÍAS
Carmen cursó su
enseñanza secundaria en turno nocturno, cosa no muy corriente en los años
sesenta, fue una de las dos primeras mujeres egresadas en la de ciudad San
Rafael en el turno noche.
Esto le hacía pertenecer
a una minoría dentro de otra minoría, ser mujer en una gran mayoría de hombres
y concurrir en un turno al que solo asistían los que trabajaban durante el día.
Y, como en todo
universo, en aquel también había exponentes de los más variados modos de pensar
y de sentir. Por ejemplo, el profesor de Economía que trataba de acercar a sus
alumnos a eventos culturales que de otro modo no podrían acceder, como
llevarlos a un concierto de un afamado pianista que por única vez pasaría por
aquella ciudad; o de plantearles temas de actualidad a los que tenían escasos accesos, o hacerles conocer pensamientos elevados de
grandes hombres, como Nietzsche o Jung, sin dejar de lado la materia de rigor,
sino convocándolos con un “Pueden salir los que lo deseen” pero que era una
invitación para ir más allá de las descascaradas paredes de ese vetusto colegio
sin ventanas, pero que abría una a un conocimiento nuevo, distinto, rico,
aunque fuera solo por cinco minutos.
Otros profesores se
limitaban a cumplir con las obligaciones que les correspondía.
Y había otros, por
suerte una pequeña minoría, que desconocía aún esa premisa.
Había una profesora que no le permitía ingresar a
sus clases si no lo hacía en compañía del regente porque, según ella, no podía hacerlo fuera de hora, aunque de la
rectoría había sido notificada por escrito que esa alumna contaba con la debida
autorización para llegar quince minutos tarde. Se atribuía la autoridad de
impedir el ingreso de Carmen a su clase quizás pensado que le estaba brindando una
gran enseñanza, sobre todo considerando que enseñaba Geografía
Otro profesor
gastaba su hora en hablar de fútbol o alguna otra conversación semejante pues,
según decía “¿Ustedes para qué quieren química? Si de aquí ninguno va a ir a la Universidad”. Decidía
por los alumnos, quienes debían recurrir a la defensa de sus derechos para que
se les instruyera de acuerdo a los planes de enseñanza, a lo que dedicaban
veinticinco horas semanales de su existencia, descontandolas de su de descaso. ¿Tendría
alguna idea aquel profesor de química que su juicio presunto SÍ influyó para
siempre en otras vidas y no de la mejor manera?
Carmen guarda un
sereno recuerdo de quienes la aconsejaban y movilizaban hacia la
responsabilidad en su vida futura, motivándola a abrirse hacia otras expresiones como modo de ampliar el
conocimiento. Y agradece el haber podido defender sus derechos de acuerdo a sus
convicciones.
Asunción – 2005
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