Reflexión
¿Qué es el amor?
Es empatía. Es
amistad. Es cercanía. Es familia. Es respeto.
En un mundo de
redes de comunicación exageradas, donde cualquier persona puede, escudada en el
anonimato, emitir juicios sobre alguien, persona o cosa, como si supiera todo al
respecto de lo que está opinando. Donde quien tiene a mano un instrumento así
puede carecer de respeto por los demás, y por sí mismo, porque quien se viste
de irrespeto se carga de negatividad, “cosecha lo que siembra”, dice el antiguo
refrán.
Pero yo ¿Qué
tengo en mi mente? ¿Qué tengo en mi corazón?
Como dice la
fábula de los dos lobos, el lobo bueno y el lobo malo, ¿a cuál alimento?
¿Cuáles son las
herramientas que he adquirido a lo largo de mi vida? ¿Las utilizo?
El perdón es una
de ellas, y la que más me cuesta aplicar, ya que mi suceptibilidad es enorme.
Solo revisando mis sentimientos y verme frente a frente con esa situación puedo
tratar de no cargar con eso en mi mochila por mucho tiempo o dejar mi
existencia anclada en ese resentimiento.
Otra herramienta
que me resulta es la oración. Orar por mí, para que pueda perdonar, por las
personas, por los animales, por las plantas, por el Planeta.
El respeto. Este
es un ejercicio olvidado por el que tengo que esforzarme en practicarlo, porque
la sociedad ha debido crear leyes y normas para la convivencia, pues somos la
única especie que es cruel con sus iguales. Es la práctica más huidiza, porque
salvo excepciones, me es difícil cuando nadie me observa.
El campo de
cultivo de los rayos del amor es inmenso: todo el planeta, todo el universo,
toda la humanidad, todos los seres vivos.
En esta vida
recibí tanto amor que no debo acumularlo, sino sembrarlo, regarlo, cultivarlo.
Donarlo,
regalarlo.
Debo empezar por
amarme, pues no mantener agua limpia en un recipiente sucio. Y para eso es la
reflexión, lo que puedo hacer cada día, vaciando mi cuenco cada noche,
agradeciendo mi despertar cada mañana disponiéndome a vivir: a convivir.
Asunción Ibáñez – 2025
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