Dialogo
La
mujer vacía.
El teléfono vibró en mi bolsillo, era mi madre.
Hola mamá ¿Qué pasó
que me llamas a esta hora? ¿Estás en el club con tu juego de cartas?
No, querida, es para
pedirte que me acompañes a un velorio, murió mi prima Sara, y no quiero ir sola
–me contestó.
Pasé a buscarla y me indicó que fuésemos al cementerio del
Este, donde era velada. Un prolongado silencio nos envolvió. Pensé que quizás
si buscaba algún tema para hablar mi mamá recuperaría su modo habitual, así que
comencé con una pregunta, aunque yo sabía la respuesta. ¿Tu prima Sara es la que nunca se casó? –Mamá indicó un sí con su
cabeza, y continué- ¿La que vivía sola, y
que últimamente no quería viajar ni ir al cine? ¿A la que tus otras primas le
tienen mucha lástima?
Sí, la misma. Sabes,
me avisaron esta mañana temprano, y pensé que la pobre no tenía familia, que
estaba sola. Y recordé la última vez que hablé con ella, le pregunté si no se
sentía mal de terminar así, en un geriátrico, sin hijos, sin nietos, sin
amigos. Ella se rio a carcajadas, “Sabes, me dijo, he elegido mi vida cada día, trabajado en lo
que me gustaba, amado a mis hermanos y sobrinos sin distinción, y cuando era
necesario reformular mi vida; estoy en un hogar conviviendo con cuarenta y tres
personas, todas amigas. Comemos juntas, vemos televisión, hacemos ejercicios,
cantamos en un coro, y hasta dibujamos y tejemos mientras conversamos. Además
está todo el personal, los terapeutas, los profesores y dos gatitos que tenemos
como mascotas. Y la psicóloga me ha incentivado para que escriba mis memorias,
a mí me da risa, pero ella dice que es interesante, que le puede servir a otra
persona.”
Cuando dijo eso último no pude menos que reírme. ¿Y cómo la va a titular? ¿La mujer vacía?
No te rías –dijo
mi madre muy seria- ella fue una rebelde.
Nunca se ajustó a los mandatos de la sociedad ni de la familia. En la escuela,
si alguien se burlaba recibía su merecido. En la secundaria uno o dos
profesores fueron increpados por ella por no ajustarse a los planes
establecidos, en la universidad llegó a exigirle a una mesa de examen que le
siguieran preguntando, pues ella había ido por un diez. Hasta se enfrentaba con
algún funcionario autoritario cuando tenía que defender sus derechos. Cuando
comenzó a trabajar, uno de sus jefes le increpó a voz en cuello por un error,
no dijo nada, lo aceptó, lo subsanó y a fin de mes dejó su renuncia sobre el
escritorio de ese señor, quien le preguntó por qué lo hacía, le contestó que
por ese suceso, él juró que nunca más lo haría, pero dijo “No, me faltó el
respeto y volverá a hacerlo” y se fue.
¿Y por qué nunca se
casó? -Pregunté.
En esa época los
hombres querían mujeres sumisas y obedientes, que aceptaran vestir a la moda y
supieran llevar la economía del hogar y los trabajos domésticos, había un dicho
que pretendía ser gracioso que decía: “A los hombres les gustan las mujeres con
el cabello largo y las ideas cortas”. Sara aseguraba que ellos necesitaban
muñecas que embellecieran a la pareja
para lo que ella no estaba dispuesta. No tenía inconvenientes de ir a
arar con el tractor los fines de semana para ayudar a su padre, de preferir los
círculos masculinos de conversación en las reuniones y discutir sobre cualquier
tema, de tener amigas y amigos sin importar su edad, su nivel social ni su
religión. Amaba a todo el mundo, especialmente a los niños y niñas, y cuando
alguien le preguntaba por qué no tenía los suyos propios, divertida aseguraba
que los ajenos “se devuelven cuando se
portaban mal”. Yo le tenía una sana envidia al verla dueña de su vida.
Y murió sola – agregué
con pena.
No, murió rodeada de
personas que la querían. Su fin era inevitable, los médicos pensaban que su
trance sería doloroso, pero no fue así, lentamente se fue apagando, mientras
todos en el geriátrico rezaban por ella. Tanto fue que una enfermera la
auscultó para saber si ya había partido, su rostro luce en paz, con una serena
belleza. Eso me contó la directora del hogar cuando me llamó esta mañana.
Hacía un buen rato que habíamos llegado y aun no bajábamos
del auto. Después de un largo silencio saqué mi cinturón de seguridad y bajé
con una sensación desconocida que quizás sea “sana envidia”.
Asunción Ibáñez – 2026
Elegir libremente y tener esa oportunidad...excelente
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