lunes, 26 de enero de 2026

 

Dialogo

 

                                               La mujer vacía.

El teléfono vibró en mi bolsillo, era mi madre.

Hola mamá ¿Qué pasó que me llamas a esta hora? ¿Estás en el club con tu juego de cartas?

No, querida, es para pedirte que me acompañes a un velorio, murió mi prima Sara, y no quiero ir sola –me contestó.

Pasé a buscarla y me indicó que fuésemos al cementerio del Este, donde era velada. Un prolongado silencio nos envolvió. Pensé que quizás si buscaba algún tema para hablar mi mamá recuperaría su modo habitual, así que comencé con una pregunta, aunque yo sabía la respuesta. ¿Tu prima Sara es la que nunca se casó? –Mamá indicó un sí con su cabeza, y continué- ¿La que vivía sola, y que últimamente no quería viajar ni ir al cine? ¿A la que tus otras primas le tienen mucha lástima?

Sí, la misma. Sabes, me avisaron esta mañana temprano, y pensé que la pobre no tenía familia, que estaba sola. Y recordé la última vez que hablé con ella, le pregunté si no se sentía mal de terminar así, en un geriátrico, sin hijos, sin nietos, sin amigos. Ella se rio a carcajadas, “Sabes, me dijo,  he elegido mi vida cada día, trabajado en lo que me gustaba, amado a mis hermanos y sobrinos sin distinción, y cuando era necesario reformular mi vida; estoy en un hogar conviviendo con cuarenta y tres personas, todas amigas. Comemos juntas, vemos televisión, hacemos ejercicios, cantamos en un coro, y hasta dibujamos y tejemos mientras conversamos. Además está todo el personal, los terapeutas, los profesores y dos gatitos que tenemos como mascotas. Y la psicóloga me ha incentivado para que escriba mis memorias, a mí me da risa, pero ella dice que es interesante, que le puede servir a otra persona.”

Cuando dijo eso último no pude menos que reírme. ¿Y cómo la va a titular? ¿La mujer vacía?

No te rías –dijo mi madre muy seria- ella fue una rebelde. Nunca se ajustó a los mandatos de la sociedad ni de la familia. En la escuela, si alguien se burlaba recibía su merecido. En la secundaria uno o dos profesores fueron increpados por ella por no ajustarse a los planes establecidos, en la universidad llegó a exigirle a una mesa de examen que le siguieran preguntando, pues ella había ido por un diez. Hasta se enfrentaba con algún funcionario autoritario cuando tenía que defender sus derechos. Cuando comenzó a trabajar, uno de sus jefes le increpó a voz en cuello por un error, no dijo nada, lo aceptó, lo subsanó y a fin de mes dejó su renuncia sobre el escritorio de ese señor, quien le preguntó por qué lo hacía, le contestó que por ese suceso, él juró que nunca más lo haría, pero dijo “No, me faltó el respeto y volverá a hacerlo” y se fue.

¿Y por qué nunca se casó? -Pregunté.

En esa época los hombres querían mujeres sumisas y obedientes, que aceptaran vestir a la moda y supieran llevar la economía del hogar y los trabajos domésticos, había un dicho que pretendía ser gracioso que decía: “A los hombres les gustan las mujeres con el cabello largo y las ideas cortas”. Sara aseguraba que ellos necesitaban muñecas que embellecieran a la pareja  para lo que ella no estaba dispuesta. No tenía inconvenientes de ir a arar con el tractor los fines de semana para ayudar a su padre, de preferir los círculos masculinos de conversación en las reuniones y discutir sobre cualquier tema, de tener amigas y amigos sin importar su edad, su nivel social ni su religión. Amaba a todo el mundo, especialmente a los niños y niñas, y cuando alguien le preguntaba por qué no tenía los suyos propios, divertida aseguraba que los ajenos “se devuelven  cuando se portaban mal”. Yo le tenía una sana envidia al verla dueña de su vida.

Y murió sola – agregué con pena.

No, murió rodeada de personas que la querían. Su fin era inevitable, los médicos pensaban que su trance sería doloroso, pero no fue así, lentamente se fue apagando, mientras todos en el geriátrico rezaban por ella. Tanto fue que una enfermera la auscultó para saber si ya había partido, su rostro luce en paz, con una serena belleza. Eso me contó la directora del hogar cuando me llamó esta mañana.

Hacía un buen rato que habíamos llegado y aun no bajábamos del auto. Después de un largo silencio saqué mi cinturón de seguridad y bajé con una sensación desconocida que quizás sea “sana envidia”.

 

                                                                              Asunción Ibáñez – 2026

 

 

 

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