miércoles, 27 de noviembre de 2024

 

De la memoria.

 

El Guitarrón

 

En el año 1950 Bela (diminutivo de Isabel) era una niña de cinco años. Octubre se acercaba a su fin y su familia llevaba una semana de preparativos porque el día de todos los santos irían  al cementerio.

Bela no entendía nada de eso, puesto que nadie le había explicado de qué se trataba, pero la sola idea de que sería una fiesta o algo parecido le creaba una gran expectativa, pues su mamá había amasado y horneado pan para armar los sánguches con jamón casero, y lavado bien las manzanas que tenían en la despensa y las cerezas que su padre acababa de cosechar. También forraron una damajuana de cinco litros con varias vueltas de tela de arpillera, para llevar agua potable y que se mantendría fresca con el forro mojado. Anuncio de festín del Paraíso.

El día dos de noviembre llegó temprano por la mañana un destartalado camión, que Bela veía como nave que la llevaría a la aventura espacial de sus sueños. Ya habían subido varios vecinos, sus tíos y primas, y parientes de esa gente, desconocidos para ella, entre los cuales se destacaba un hombre de físico enorme pero agradable, con fuertes músculos, moreno y de ojos y bigotes renegridos, al que le decían Guitarrón. Bela no entendió por qué ese nombre.

Partieron en el viejo vehículo rumbo al cementerio de Cañada Seca, disfrutando del aire tibio de la primavera, y cuando se aproximaban al lugar el tránsito era más intenso y el polvo en el aire también, puesto que los caminos estaban sin asfaltar. Además iba mucha gente de a pie llevando en sus brazos ramos de flores, interpretando una coreografía inusual.

Cuando llegaron al lugar, se desarrollaba allí una improvisada zarzuela, o romería, pues toda la zona alrededor del camposanto estaba poblada de incontables bailantas improvisadas en pequeños espacios cubiertos con lonas que olían a mosto, pues eran las carpas que se usaban en los camiones para acarrear la uva a las bodegas en tiempos de cosecha. Bajo la escasa intimidad de ese reducido espacio se cobijaban guitarreros y cantores, cuyas voces y rasguidos de guitarras (puesto que el folklore cuyano no tiene instrumentos de percusión) se entrelazaban impidiendo reconocer alguna en especial, y que se sumaban y entrelazaban con los sonidos de la siguiente carpa, y la otra, y la de más allá, un río crecido, no de agua, sino regado con vino.

Los adultos descendieron con baldes y trapos para la limpieza de las tumbas, más las flores que ofrendarían a sus seres queridos allí residentes y dejaron a los niños degustando sanguchitos y dulces en el camión aparcado a la sombra de un sauce llorón que lucía sus primeros brotes. Todos los adultos ingresaron al cementerio con sus rostros circunspectos como exigía la ocasión, todos menos uno: el Guitarrón.

Posiblemente con alguna escusa se alejó del grupo en sentido opuesto al ingreso del camposanto, directo a buscar compadres en las carpas que pudieran compartir con él algún vino nuevo para evaluar su calidad mientras hacían algún aro, aro, aro. Y si no había algún conocido igual le darían a probar, y seguiría recorriendo hasta dar con alguien que le fuera conocido, mientras cataba el agua transformada en vino.

Pasado algún tiempo, poco a poco todos iban regresando al camión, todos menos el Guitarrón.

Hartos de esperar su familia salió a recorrer escenarios hasta que dieron con él. Fue un drama poder acercarlo al transporte puesto que estaba como una cuba, un niño enorme incapaz de caminar solo ni mantenerse sobre sus pies, oliendo a lagar antiguo que no dejaba de balbucear “Suéltenme que yo puedo”.

Cuatro o cinco hombres fornidos y acostumbrados a las tareas pesadas del campo fueron necesarios, no sin un gran esfuerzo, para subirlo a la caja del camión donde se acostó tan largo como era a dormir la mona.

Cuando Bela y su familia llegaron a su hogar, sus padres se sentaron frente a frente, cada uno de un lado de la mesa, mirándose a los ojos, en un prolongado diálogo sin palabras.

¿Qué sentido tiene lo que hicimos? Preguntó la madre sin encontrar respuesta.

Fue la única vez que Bela “celebró” el día de los Santos Difuntos.

                                                               Marta Ibáñez - 2024

 


 

 

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