De la memoria.
El Guitarrón
En el año 1950 Bela (diminutivo de Isabel) era una niña de
cinco años. Octubre se acercaba a su fin y su familia llevaba una semana de
preparativos porque el día de todos los santos irían al cementerio.
Bela no entendía nada de eso, puesto que nadie le había
explicado de qué se trataba, pero la sola idea de que sería una fiesta o algo
parecido le creaba una gran expectativa, pues su mamá había amasado y horneado
pan para armar los sánguches con jamón casero, y lavado bien las manzanas que
tenían en la despensa y las cerezas que su padre acababa de cosechar. También
forraron una damajuana de cinco litros con varias vueltas de tela de arpillera,
para llevar agua potable y que se mantendría fresca con el forro mojado.
Anuncio de festín del Paraíso.
El día dos de noviembre llegó temprano por la mañana un
destartalado camión, que Bela veía como nave que la llevaría a la aventura
espacial de sus sueños. Ya habían subido varios vecinos, sus tíos y primas, y
parientes de esa gente, desconocidos para ella, entre los cuales se destacaba
un hombre de físico enorme pero agradable, con fuertes músculos, moreno y de
ojos y bigotes renegridos, al que le decían Guitarrón. Bela no entendió por qué
ese nombre.
Partieron en el viejo vehículo rumbo al cementerio de Cañada
Seca, disfrutando del aire tibio de la primavera, y cuando se aproximaban al
lugar el tránsito era más intenso y el polvo en el aire también, puesto que los
caminos estaban sin asfaltar. Además iba mucha gente de a pie llevando en sus
brazos ramos de flores, interpretando una coreografía inusual.
Cuando llegaron al lugar, se desarrollaba allí una
improvisada zarzuela, o romería, pues toda la zona alrededor del camposanto
estaba poblada de incontables bailantas improvisadas en pequeños espacios
cubiertos con lonas que olían a mosto, pues eran las carpas que se usaban en
los camiones para acarrear la uva a las bodegas en tiempos de cosecha. Bajo la
escasa intimidad de ese reducido espacio se cobijaban guitarreros y cantores,
cuyas voces y rasguidos de guitarras (puesto que el folklore cuyano no tiene
instrumentos de percusión) se entrelazaban impidiendo reconocer alguna en
especial, y que se sumaban y entrelazaban con los sonidos de la siguiente
carpa, y la otra, y la de más allá, un río crecido, no de agua, sino regado con
vino.
Los adultos descendieron con baldes y trapos para la
limpieza de las tumbas, más las flores que ofrendarían a sus seres queridos
allí residentes y dejaron a los niños degustando sanguchitos y dulces en el
camión aparcado a la sombra de un sauce llorón que lucía sus primeros brotes.
Todos los adultos ingresaron al cementerio con sus rostros circunspectos como
exigía la ocasión, todos menos uno: el Guitarrón.
Posiblemente con alguna escusa se alejó del grupo en sentido
opuesto al ingreso del camposanto, directo a buscar compadres en las carpas que
pudieran compartir con él algún vino nuevo para evaluar su calidad mientras
hacían algún aro, aro, aro. Y si no había algún conocido igual le darían a
probar, y seguiría recorriendo hasta dar con alguien que le fuera conocido,
mientras cataba el agua transformada en vino.
Pasado algún tiempo, poco a poco todos iban regresando al
camión, todos menos el Guitarrón.
Hartos de esperar su familia salió a recorrer escenarios
hasta que dieron con él. Fue un drama poder acercarlo al transporte puesto que
estaba como una cuba, un niño enorme incapaz de caminar solo ni mantenerse
sobre sus pies, oliendo a lagar antiguo que no dejaba de balbucear “Suéltenme
que yo puedo”.
Cuatro o cinco hombres fornidos y acostumbrados a las tareas
pesadas del campo fueron necesarios, no sin un gran esfuerzo, para subirlo a la
caja del camión donde se acostó tan largo como era a dormir la mona.
Cuando Bela y su familia llegaron a su hogar, sus padres se
sentaron frente a frente, cada uno de un lado de la mesa, mirándose a los ojos,
en un prolongado diálogo sin palabras.
¿Qué sentido tiene lo que hicimos? Preguntó la madre sin
encontrar respuesta.
Fue la única vez que Bela “celebró” el día de los Santos
Difuntos.
Marta Ibáñez - 2024
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