Recuerdos
Había
una vez un circo.
Viví mi infancia en un medio rural, entre viñedos y cauces
de aguas cantarinas, con noches de estrellas brillantes y luciérnagas
luminosas, inviernos fríos en extremo, primaveras floridas y perfumadas,
veranos tórridos con agresivas tormentas y otoños dorados y rojizos, con olor a
mosto de uvas camino a las bodegas, que año a año repetían sus puestas en
escena.
Pero cada tanto, alguna vez, se anunciaba la llegada de un
circo, que encendía en las cabecitas de los niños y niñas una gran ilusión,
especialmente en la mía. ¿Cómo será un circo? ¿Qué podría yo descubrir en él?
Imaginaba cosas grandiosas, la explicación que daban mis padres no era
suficiente, ni era posible compararlo con algún circo que hubiera visto en
alguna película. Ese circo, al que yo asistiría sería único. Y lo fue.
Según recuerdo, el primer circo al que asistí era muy
pequeño, pero muy pequeño.
Era un rectángulo bordeado de lonas desgastadas y
descoloridas, que impedía que el espectáculo se viera desde afuera, sin techo.
Adentro en filas de unas seis sillas plegables, de metal, que lucían el
desgaste de su pintura y las magulladuras de los malos tratos, frente a un
escenario como de teatro, que a mí me pareció algo magnífico, y, en mi mente
era único.
Actuaron dos payasos que se daban guantazos muy sonoros, a
lo que siguió una “domadora de perros” con un solo perro, el que a una
indicación saltaba por un aro que la mujer sostenía.
Le siguió un número en que actuaban un niño y una niña que
hacían equilibrio sobre una tabla que se apoyaba sobre un cilindro de madera.
Luego un mago, que no recuerdo qué hizo pero que identifiqué como al
presentador del inicio y como a uno de los payasos. Luego una cantante,
interpretando una copla de moda acompañada con música que partía de una vitrola
de cuerda, y algunos otros actos en los que se repetían los artistas, que en
total eran seis personas.
Salí feliz, como si hubiese visto el mejor espectáculo del
mundo.
Al día siguiente mi hermano y yo tratamos de imitar los
números que habíamos visto en el circo pero, el perro no quiso saltar, no
pudimos mantener el equilibrio en la tabla sobre el tronco que rodaba, cantar o
hacer magia tampoco, pero fue muy divertido.
Además nos dio tema de conversación para una semana de
recreos.
Mi padre validaba a los artistas, por su valentía y su
seriedad, por su esfuerzo, por lo que yo también sentí admiración por ellos,
además la ilusión de que algún día yo podría ser también una artista de circo.
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