viernes, 19 de diciembre de 2025

 

Cuento                

 

                                               Viaje en el tiempo.

Me llamo Mariana. Escribo esto que estoy transitando que más parece un sueño, una pesadilla. Y si es eso, es una pesadilla por más extraña, porque ha sido liberadora.

Mejor comienzo viéndome en el depósito de la memoria, que tampoco sé qué fue real y qué fue elaborado por mis fantasías.

Solo sé que nací en una pequeña familia, un papá, una mamá y un hermanito un año mayor que yo. Y eso no me hizo feliz, no sé por qué. Yo estaba enojada, sí, enojada por estar en esta vida, una sensación de ser una adulta en un cuerpo de niña. Y tenía una fantasía, que no era imaginar que yo era una princesa y que en el hospital en que nací alguien me entregó equivocadamente a esta familia, no. Esa fantasía era que yo era una niña verdugo, y que castigaba a las personas malas con un látigo que tenía varias tiras de cuero en lugar de una. Y a veces eran tantos los latigazos que prodigaba que me sentía exhausta.

 Ese cansancio me fue invitando a dejar esas creaciones imaginarias y fueron apareciendo los síntomas de enfermedades respiratorias.

Pasé de ser una niña enojona a ser una niña débil y quejosa. Poco a poco las alergias comenzaron a ocupar todo mis días, y mis noches. De ser una niña peleona a ser una niña frágil. De ser una mocosa insufrible e independiente a ser una no menos insufrible que requería toda la atención de mi familia, de que no me importaran los cambios de temperatura a los cuidados extremos.

Y así pasé a la adolescencia, limitando mis actividades. No aceptaba hacer gimnasia, me agitaba. Salía con mi familia de picnic y en mis bolsillos iba mi inhalador al que recurría con más frecuencia de lo necesario, o íbamos en grupo a la nieve y yo, envuelta en abrigos, esperaba verlos descender haciendo piruetas sobre los esquíes mientras reían y se divertían. Tampoco iba a fiestas, por el humo de los cigarrillos en el ambiente, que en ese entonces se permitía fumar y era una moda muy aceptada.

De adulta comencé a hacerme responsable de mis malestares. Busqué los mejores especialistas en la materia y seguir al pie de la letra sus indicaciones, a hacer yoga y tai chi, a tratamientos alternativos, a meditar cada mañana y asistir a retiros, y cada uno de este nuevo orden me permitía sentirme mejor, más libre, más normal. Aunque seguí con mis alergias, mis problemas respiratorios con el polen o el polvo, e incluso los estados de ánimo me afectaban.

En una meditación que hacíamos al final de la clase de yoga, la profesora nos invitó a que soltáramos el control de lo que pensábamos, que dejáramos espacio, y en mi imaginario apareció una idea, que en otro tiempo y espacio, en otra vida, mi alma sufrió una traición muy dolorosa. Esto me golpeó fuerte aunque yo “sabía” que era un juego de mi imaginación.

Un día una amiga me aconsejó que hiciera una constelación familiar. Pero dije que lo pensaría, y por más que lo pensé no me sentía atraída por ponerlo en práctica.

Después recurrí a la medicina china. Busqué alguien capacitado en el tema y comencé con un tratamiento de acupuntura en un lugar muy calificado. Inicialmente tres veces a la semana, luego dos, posteriormente una y llegamos a una sesión por mes. Me sentía muy bien, aunque los cambios de estación me seguían afectando, a pesar que ya hacía una vida bastante normal.

Diciembre. La instructora de yoga nos invitó a hacer un listado de propósitos para el año siguiente. Mi propósito seguía siendo perdonar a quien me hubiera traicionado en aquella otra imaginaria existencia, imagen que permaneció mucho tiempo en mi memoria, hasta ese día.

Escribí mi pedido de perdón, y entonces lo vi, clarísimo. Nadie me traicionó, yo fui quien cometió ese deleznable delito. Quedé inmóvil, incapaz de reaccionar, de pensar. La imagen de aquella escena que debió suceder varios siglos atrás revivía en mi cerebro como si fuese el presente.

No sé cuánto tiempo estuve paralizada, sostenida en un espacio entre dos eras de tiempo muy lejanas entre sí.

La escena se diluyó. Me vi con el lápiz en una mano y mi lista de propósitos sobre la mesa. Me observé, me sentía liviana, con una paz desconocida.

Han pasado unos meses, pues ya estamos en septiembre, y no he vuelto a experimentar mis problemas de alergia y asma.

 Creo que he perdonado aquel hecho del pasado, en otro cuerpo, en otra vida, en un viaje al pasado a través del tiempo.

 

                                                                 Asunción Ibáñez – 2025

 

 

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