viernes, 6 de marzo de 2026

 

Cuento fantástico

 

 

¿QUÉ HABRÁ SIDO?

 

Jamás pensé que pudiera vivir una experiencia semejante, justo aquella noche en que tomando una cervecita con los muchachos, comenzamos a hablar de una película que habíamos visto sobre zombis, y que algunos aseguraban que sí existen, mientras otros lo considerábamos fantasías. Después de despedirme de ellos salí del bar y me crucé con ella  frente al viejo Hotel Royal.

¡Laura! ¿Qué hacés aquí a esta hora? –pregunté incrédulo.

Laura Alonso, mi compañera y compinche en la primaria y la secundaria, con la que planeábamos la mayoría de las diabluras de la infancia y la adolescencia, a quien no veía desde nuestra graduación, pues ella siguió estudiando y yo comencé a trabajar, convirtiendo mi vida en sedentaria y monótona.

Esperarte –contestó con ese brillo que aparecía en sus ojos cada vez que urdía alguna travesura- necesito tu ayuda esta noche.

¿Para qué? –pregunté mientras ella me arrastraba de un brazo hasta su auto, en tanto que miraba hacia todos lados buscando no sé qué o a quién. Subimos a su auto y nos alejamos dejando atrás el centro de la ciudad rumbo al Oeste.

¿Adónde me llevás? –pregunté temeroso, conociendo sus arrebatos.

Al cementerio de la Villa –contestó como si dijera que íbamos a la verdulería.

¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! ¿A esta hora? ¡Son casi las once de la noche!

¡Por eso necesito tu compañía, tarado! –dijo con tono descortés, como si yo hubiera preguntado la mayor obviedad.

¡Basta! – dije comenzando a enojarme – ¡Quiero  que me digás todo ya mismo!

Frenó de repente y casi me golpee la cabeza contra el parabrisas.

Resulta –dijo – que esta tarde se produjo  una discusión en la Facultad porque los varones decían que las mujeres hablamos de igualdad de sexos pero que somos débiles y miedosas por lo que nunca les igualaremos. A tanto llegó la discusión que me desafiaron a entrar al cementerio a media noche y recoger un pañuelo que todos firmaron y que dejaron colgado esta tarde en el paredón del fondo pero en realidad me muero de miedo así que te busqué para que entrés sin que te vean y me esperés adentro.

¡Estás más que loca –me defendí aunque sabía que ella siempre ganaba- no entro ahí ni borracho!

¡Cobarde! -exclamó despectiva y a sabiendas de que con eso yo cedería- Viste que tengo razón, los hombres son más miedosos que nosotras.

Dicho esto puso en marcha su autito y partimos hacia el antiguo cementerio de la Villa, que no tenía sereno ni iluminación y el portón estaba tan oxidado que no se  podía cerrar, y como ella lo había previsto, me quedé escondido adentro invadido por mis temores más oscuros. Al poco rato llegaron dos autos con varios chicos y chicas y esperaron a Laura haciendo conjeturas acerca de si ella sería capaz de ir o no a la “cita”, y sin imaginar que alguien los escuchaba, las chicas del grupo pedían a los varones que desistieran porque podía caerse y lastimarse, a lo que ellos dijeron que no, que le darían una lección. La dejarían que cumpliera su parte, que atravesara el cementerio y trajera un pañuelo, pero, a lo que le habían agregado el condimento de poner un grabador y una luz mortecina dentro de un destartalado mausoleo, conectado a un reloj que lo pondría en funcionamiento tres minutos pasadas las doce de la noche.

Laura llegó cuando faltaban cinco minutos para la hora acordada. Sus amigas trataban de hacer que ella cambiara de idea, pero ella, sintiéndose el centro de atención y sobre todo sabiendo que no estaría sola en la aventura, se vanagloriaba de un coraje que estaba lejos de sentir. Haciendo gala de su simulado valor entró por la oscura boca del cementerio, y sin que los de afuera se percataran siquiera, nos encontramos y le conté lo que había oído. 

Nos disponíamos a ir a buscar el pañuelo cuando una nube cómplice oscureció repentinamente la escasa luz de la Luna en cuarto menguante. La mano de Laura oprimió la mía casi con desesperación, y no es que yo tuviera menos miedo que ella, pues me sentía cerca del pánico. No sé qué le sucedería a ella, pero yo tenía la garganta apretada y todos mis sentidos alertas esperando la orden de huida. La voz temblorosa de Laura me llegó como un susurro. 

Bien podría aparecer algún residente para ayudarnos – dijo tratando de ser graciosa para darnos ánimos – pero parece que están ocupados en alguna otra cosa y no tienen tiempo para ser corteses con las visitas. 

Nos quedamos largo rato en silencio tomados fuertemente de las manos, mientras a lo lejos se dejaban oír los quejumbrosos sonidos y se veía la luz de aquella coreografía preparada por sus amigos, pues ya había pasado la medianoche. Me rindo –dijo Laura con voz temblorosa – prefiero perder la apuesta aunque se burlen de mi por el resto de mi vida.

Asentí con un gruñido, y al ponernos de pie para volver sobre nuestros pasos percibimos que alguien se nos aproximaba, casi no veíamos pero sentíamos un hedor muy fuerte y una respiración dificultosa como la de alguien con problemas bronquiales. Una mano huesuda y pringosa se posó sobre las nuestras que permanecían estrechamente apretadas, y nos dejó el famoso pañuelo autografiado, prueba irrefutable del cumplimiento de la hazaña. Sentí como Laura se desmayaba junto a mí y no tardé en seguirla. Cuando desperté la luz de la luna iluminaba débilmente y los amigos que la esperarían afuera caminaban de a dos entre las tumbas llamándola a gritos, preocupados por su tardanza. 

Recuperando su compostura habitual mi amiga me hizo señas de que estaba bien así que ocultándome llegué hasta su auto y allí la esperé mientras ella se reunía con los otros y recogía todos los créditos de su excursión. Volvimos sin hablar de lo sucedido, sumergidos ambos en nuestros pensamientos. ¿Qué podíamos decir? ¿Había explicación posible o era una alucinación? 

Buscamos algún café que permaneciera abierto, nos lavamos las manos desesperadamente porque todavía nos parecía sentir el desagradable contacto de aquel espectro, alucinación o lo que fuera sobre nuestra piel. Después desayunamos en silencio y del mismo modo nos despedimos. Me senté en un banco de la plaza, sin saber qué hacer, hasta que las primeras luces de la mañana empezaron a despejar mi melancolía.

 

                                               Asunción Ibáñez – 2003

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Cuento fantástico     ¿QUÉ HABRÁ SIDO?   Jamás pensé que pudiera vivir una experiencia semejante, justo aquella noche en que tom...