lunes, 2 de marzo de 2026

 

De la biografía

 

                                                               Amistad y amor filial.

Nos mudamos a un barrio nuevo a principio de los setenta. Aún faltaba la construcción de muchas manzanas, así que formábamos una comunidad pequeña que fue creciendo con los nuevos vecinos que se mudaban a sus nuevas casas cuando la empresa constructora las terminaba.

Mis padres habían trabajado siempre, y les parecía lo más lógico era seguir trabajando. Mi papá comenzó con un pequeño negocio de golosinas y útiles escolares, que funcionó muy bien pues cubría necesidades de las escuelas cercanas. Papá tenía un gran respeto afectuoso por los niños, así que rápidamente trabó amistad y familiaridad con el entorno.

Mi madre había sido modista, profesión que practicó muchos años, así que también allí encontró clientes. Pero poco a poco fue dejando esa práctica y comenzó a realizar pequeños arreglos como cambiar cierres, forrar botones, modificar prendas y más. Como la gran mayoría de los vecinos eran familias jóvenes, mis padres solían ser personas a la que recurrían a pedir algún consejo acerca de cosas cotidianas; como mi padre había sido agricultor le preguntaban cómo cultivar tal o cual planta, o como tratarla ante una plaga o cosas así. Y él feliz de ese lugar que la comunidad le otorgaba.

Y mi madre tenía otra manera de relacionarse: era un poco la mamá de todos. Cuando alguien le llevaba una prenda para arreglar ella solía regañarles “Con esas manos tan lindas que tiene y se considera incapaz de hacerlo usted” y cosas por estilo. A veces algunas jóvenes preferían dejar el pedido en una bolsita con un detalle de lo que querían que se les arreglara, y cuando le decíamos “La llamo y le explicás” solían contestar: “No, porque me reta, para eso tengo a mi mamá”. Aunque siempre tenía alguien que era más hija que otras. Una de ellas era nuestra vecina de enfrente, Mary; una joven madre de seis hijos, que pertenecía a una iglesia evangélica, que me decía a veces “Esa persona cree que la vecina es su madre” y yo le contestaba “No importa, yo no soy celosa”, y ella agregaba “Pero yo sí”.

Un 20 de Junio mi madre murió súbitamente. Y Mary no encontraba consuelo.

También a mí me costó vivir mi duelo, pero poco a poco fui sanando y agradeciendo y honrando su vida. Pero a Mary no le sucedía lo mismo, no podía verme sin ponerse a llorar. Así que un día le pregunté por qué tanto dolor de su parte y ella, entre lágrimas me confesó: “Lo que pasa es que no logré que ella aceptara a Jesús, y no podrá entrar al cielo”.

Le pedí que pensara en Jesús como un Ser de Luz, como el Redentor, quien ve a las almas por lo que son, no por lo que dicen. Y poco a poco pudo ir haciendo su duelo sin culpa.

                                                                                              Asunción Ibáñez – 2023.

 

 

 

 

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