miércoles, 18 de diciembre de 2024

 



LAS CIUDADES INVISIBLES 

 

  

 

                                                LA ISLA DEL SILENCIO

                                                             Parte I

 

            Entré a casa preocupada por mi tesis de doctorado en biología vegetal, tema que ya arrastraba desde hacía bastante tiempo y a principios del 2008 había conseguido que me aprobaran la pre tesis y me dieran fecha para fines de año para defenderla ante el Tribunal Superior. Tenía que distribuir bien el tiempo si quería terminar acabadamente con todas las premisas que imponía la cátedra y además mantener mi privilegiado lugar en el Herbario Municipal donde hacía mis investigaciones de campo aunque no cobrara ni un peso, seguir con las aportaciones por Internet de mis avances a la Enciclopedia Botánica de la Universidad de Florida, con las clases que dictaba en la Escuela de Agronomía, con mi vida privada y con mi cordura lo más intacta posible.

            Pasé derecho a la cocina a dejar las compras que había realizado en el supermercado y encontré pendiente del teléfono de pared una enorme hoja con una nota. Mi esposo me decía en un breve mensaje que habían llamado de una ONG tratando de comunicarse conmigo, y también había un número anotado. Llamé sin pérdida de tiempo picada por la curiosidad. Esperé largos minutos mientras una musiquita molesta repicaba en mi aparato hasta que una voz varonil me atendió amablemente, querían una entrevista y quedamos en encontrarnos al día siguiente a las 16 horas en el 4º piso del Edificio Burgos. 

            Ya habían llegado varias personas, hombres y mujeres, con diferentes estilos de vestimenta lo que indicaba que no todos eran oficinistas o catedráticos, y uno de ellos se levantó dándome la bienvenida y tendiéndome la mano con una amplia sonrisa, y por su voz le reconocí como el que me atendiera el día anterior, quien me ofreció un lugar en la mesa y acto seguido me presentó al resto. 

            Una mujer muy elegante de mediana edad tomó la palabra diciendo sin otro preámbulo: “Representamos a la Organización no Gubernamental “Vida en el Desierto”, con filiales en todos los continentes. Tratamos de defender los desiertos del Planeta del abuso del hombre. Hemos conocido la noticia de que el Rally Dakar que se realizaba hasta ahora en África podría pasar este año a las partes desérticas de Argentina y Chile, por lo que estamos tomando precauciones para obtener información suficiente que nos permita luchar contra esa práctica innecesaria que romperá el equilibrio del ecosistema, requiriéndose, en el mejor de los casos y si no vuelve a ser vulnerado, 18 años para recuperarse tras el paso de cada vehículo, lo que se agrava ya que al no haber caminos cada uno abrirá frente por donde le parezca más fácil, dejando su propia huella de destrucción”.

            El silencio reinó en la sala por unos momentos, luego la señora Montero, tal era su apellido, agregó: “Lo que necesitamos de usted es lo siguiente: que instale parcelas de seguimiento de la vegetación, y por ende de todo el ecosistema, en algunas de las zonas desérticas por donde pasará la competencia. Tendremos que hacerlo con rapidez para tener datos bien evaluados lo antes posible para elevarlos a las autoridades y tratar de hacerlos desistir del proyecto, además servirán para hacer un seguimiento de las lecturas pudiendo contrastarlas con las que se realicen los días, meses y años posteriores.”

            Dentro de mi cabeza todo bullía, por fin tendría un buen trabajo de investigación, como a mí me gustan, y además ¡rentado! Pero la felicidad me duró poco, porque la señora agregó: “Podemos pagar los gastos de viaje, el material y el combustible para el vehículo que la llevará hasta la estación de guardaparques más cercana, pero no podemos ofrecerle una renta puesto que nuestra organización no recauda fondos suficientes. Esperamos que usted esté dispuesta a colaborar tan sólo por amor a la vida del Planeta y por el crédito que este estudio le aportará”.

            La idea del trabajo me encantó, no así lo del dinero, por lo que les pedí plazo de una semana para evaluarlo, y una vez que lo pensara día y noche y lo hablara largamente con mi familia, hice los arreglos necesarios para embarcarme en la tarea renunciando al único trabajo rentado con que contaba: las horas de cátedra. 

            Agradecida de la familia y especialmente del esposo que tengo que me alienta con entusiasmo en cada proyecto y acepta sin reclamos mis ausencias, partí llena de pertrechos en un poderoso jeep 4 x 4, muy semejante a los que se usan para la competencia del Rally conducido por otro voluntario, rumbo a las zonas pre establecidas por la ONG.

            Llegamos al enorme secano existente entre el Norte de Neuquén y el Sur de San Rafael, y quedé en la estación de control de guardaparques donde debí presentarle los permisos para ingresar a la zona. Cumplido este requisito dejé allí lo menos necesario y partí a caballo y acompañada por un guarda, con mi equipo que aún era enorme para mi tamaño, que me dejó  en una zona próxima retornando a su base con ambos caballos y desde allí seguí sola, maravillada ante tanta belleza y semi aplastada por mi carga bajo el sol abrasador.

            Instalé mi campamento frente a un punto de referencia visual en aquel monótono lugar: unas rocas que parecían castillos dorados a la luz del sol y que daban la impresión de que una mano gigante las hubiera colocado con delicadeza sobre la arena. Tomé mi brújula e hice mis cálculos (no puedo dejar de ser antigua) y posteriormente los corroboré con el instrumento de GPS que me regalara Manuel antes de mi partida, me comuniqué al control de los guardaparques indicándoles mi posición y una vez que respondieron me dediqué a las primeras observaciones del lugar, hasta que se agotó la luz del sol.

            Amanecía cuando el suave zumbido de algunos insectos ponía letra a la música suave del viento. Desperté llena de energía y de gozo ante la belleza que me rodeaba. Salí a instalar mis aparatos y a efectuar las primeras anotaciones de lo que observaba en el lugar. Cuando el sol estaba perpendicular sobre mí regresé a mi carpa y saqué la bolsitas con bollitos de pan  que especialmente hizo mi madre, el charque que me compró mi amiga Raquel y el escabeche de berenjenas que me preparó mi padre, y pensé que todos hubieran querido acompañarme y esa era su manera de estar junto a mí.

            Después de un breve descanso, tomé mi cantimplora y regresé al campo. Sentía tanto placer de estar en un lugar tan hermoso que pensé; “Estoy exagerando, nada es tan perfecto, debo guardar energías para los próximos días, pues pienso llegar hasta los castillos de piedra”.

            Eran pasadas las seis  de la tarde cuando hacia el norte todo se oscureció de golpe presagiado una tormenta, tomé lo más necesario y enfilé rápidamente hacia el campamento, pero no llegué muy lejos, apenas había caminado unos minutos cuando una pared de arena se arrojó sobre mí haciéndome caer de bruces. Sentía que no podía respirar ni abrir los ojos, así que vacié rápidamente mi morral y metí dentro la cabeza, tratando de protegerme, pero sentía que la fuerza poderosa del viento me arrastraba como a una insignificante hoja, desgarrando mi fuerte ropa de campo y lastimando mi piel, mientras la bolsa de mi cabeza se inflaba como la vela de un barco ejerciendo tanta fuerza que mi hombro pareció quebrarse en mil pedazos en un estallido de dolor y allí se acaban mis recuerdos.

            Desperté al frío contacto de una pequeña lagartija que pasó sobre mi cara, pero no pude mover ni un músculo. Abrí los ojos y quedé largo rato mirando, aturdida, la luna llena que iluminaba todo como ama majestuosa del desierto. Comencé a moverme lentamente y descubrí que tenía lesiones serias en mi hombro que me dolían aun sin moverlo, y de mis pertenencias no había ni señales. Había perdido mi brújula, mi GPS, mi reloj, mi teléfono satelital y mi morral, aquel en el que tenía introducida la cabeza en mi  último momento de conciencia. Tampoco tenía mis notas ni podría pedir ayuda, y el frío nocturno comenzaba a descender sobre mi aterradora soledad.

            Pude ver muy cerca de allí a los castillos de piedra que viera desde lejos en la mañana ¿tanto me había arrastrado el viento? Y a pesar de mi cuerpo adolorido sonreí, con mi escaso peso no podía anclarme en ningún lugar, así que habré ido con el viento hasta que éste pasara. Me puse de pie y caminé hacia el único lugar donde podía resguardarme. Encontré una grieta entre dos grandes rocas y llena de temores entré y me acurruqué canturreando una canción de mi infancia tratando de imaginar que no estaba habitada por alimañas ponzoñosas, y pensando en mis seres queridos me quedé profundamente dormida.

                                     Asunción Ibáñez - 2013

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