miércoles, 7 de octubre de 2026

 

 

Las palabras pueden ser un portal

Anita estaba escribiendo en la máquina practicando la dactilografía con ejercicios especialmente preparados por la profesora para ejercitarles en esa técnica.

Escribió tantas veces esa estrofa con las reflexiones de Séneca, que comenzó a ocurrir algo en ella y a su alrededor, empezó a abrirse ante ella un portal, desde una abertura pequeña que fue creciendo… creciendo. Era como vislumbrar otro mundo a través de ese agujero.

Y cuando el portal, que ya era bastante grande como para que ella cupiera, levantó una pierna, después la otra y con un brazo afirmándose del borde de una ventana pasó al otro lado, a otra dimensión.

Se fue haciendo cada vez más real esa posibilidad, ese otro mundo en el que se iba adentrando, que se iba haciendo más real dentro de ella. Se estaba expandiendo.

Con este nuevo sentir se adentró por un camino de tierra que la llevaba hacia un hermoso prado verde rodeado de árboles, de los cuales comían sus frutos animales como de otra dimensión, amorosos y sutiles. Anita se acercó a un árbol con flores y frutos dorados, tenía la forma como de un hibisco pero más grande, y sobresalían sus estambres, también dorados.

Acarició una flor y se contagió de su dorado, y en un momento estaba llena de luz. Agradeció al árbol la LUZ.

Siguió caminando y conociendo el lugar y apareció un ave, una hermosa ave con una gran cola, de bellos colores, todos en tonos rosados, era preciosa, que se acercó a Anita y tocó con su pico su mano y pidiendo cariño, acercó su cabeza y al acariciarla el corazón de Anita comenzó a latir muy fuerte, en ese instante se dio cuenta que sentía un profundo amor por sí misma y para con todo a su alrededor. Se llenó de amor.

Agradeció al ave el AMOR y continuó caminando y conociendo el lugar.

Luego encontró una cueva acogedora, muy limpia, donde entraba la luz suavemente por algunos rincones y entró en ella. Había mucho silencio que invitaba al recogimiento. Se sentó en una pequeña roca y se quedó allí, en total quietud, se hizo una con el silencio, allí encontró la PAZ.

Anita tuvo que volver a su realidad pero ya no era la misma, ahora la luz, el amor y la paz la impregnaban y de ella nació compartir estos dones recibidos con todos los seres que la rodeaban.

                                   Cecilia Delherbe – 2026

 

 

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