Suelto una frase hacia el cielo,
es que quiero ser mejor,
navegar siempre en amor,
escribir uno y mil versos,
y le pido al universo
que me guíe por favor.
Alberto Coronel - 2025
Este Taller es un espacio de escritura creativa, diseñado para las actividades de extensión Cafh Argentina 6
Recuerdos
Había
una vez un circo.
Viví mi infancia en un medio rural, entre viñedos y cauces
de aguas cantarinas, con noches de estrellas brillantes y luciérnagas
luminosas, inviernos fríos en extremo, primaveras floridas y perfumadas,
veranos tórridos con agresivas tormentas y otoños dorados y rojizos, con olor a
mosto de uvas camino a las bodegas, que año a año repetían sus puestas en
escena.
Pero cada tanto, alguna vez, se anunciaba la llegada de un
circo, que encendía en las cabecitas de los niños y niñas una gran ilusión,
especialmente en la mía. ¿Cómo será un circo? ¿Qué podría yo descubrir en él?
Imaginaba cosas grandiosas, la explicación que daban mis padres no era
suficiente, ni era posible compararlo con algún circo que hubiera visto en
alguna película. Ese circo, al que yo asistiría sería único. Y lo fue.
Según recuerdo, el primer circo al que asistí era muy
pequeño, pero muy pequeño.
Era un rectángulo bordeado de lonas desgastadas y
descoloridas, que impedía que el espectáculo se viera desde afuera, sin techo.
Adentro en filas de unas seis sillas plegables, de metal, que lucían el
desgaste de su pintura y las magulladuras de los malos tratos, frente a un
escenario como de teatro, que a mí me pareció algo magnífico, y, en mi mente
era único.
Actuaron dos payasos que se daban guantazos muy sonoros, a
lo que siguió una “domadora de perros” con un solo perro, el que a una
indicación saltaba por un aro que la mujer sostenía.
Le siguió un número en que actuaban un niño y una niña que
hacían equilibrio sobre una tabla que se apoyaba sobre un cilindro de madera.
Luego un mago, que no recuerdo qué hizo pero que identifiqué como al
presentador del inicio y como a uno de los payasos. Luego una cantante,
interpretando una copla de moda acompañada con música que partía de una vitrola
de cuerda, y algunos otros actos en los que se repetían los artistas, que en
total eran seis personas.
Salí feliz, como si hubiese visto el mejor espectáculo del
mundo.
Al día siguiente mi hermano y yo tratamos de imitar los
números que habíamos visto en el circo pero, el perro no quiso saltar, no
pudimos mantener el equilibrio en la tabla sobre el tronco que rodaba, cantar o
hacer magia tampoco, pero fue muy divertido.
Además nos dio tema de conversación para una semana de
recreos.
Mi padre validaba a los artistas, por su valentía y su
seriedad, por su esfuerzo, por lo que yo también sentí admiración por ellos,
además la ilusión de que algún día yo podría ser también una artista de circo.
Recuerdos
MI PAPÁ
El azar tejió y destejió vidas, destinos, amores y
corazones, y allí quedamos en la trama de este tiempo, tú mi padre, yo tu hija
¡Qué alegría, qué orgullo verte padre allí en mi vida!
Admiré tu fortaleza y la llama que encendías en las almas de
los jóvenes que adoptabas día a día.
Admiré tu corazón que padeció tantas llagas, tantas horas de
dolor.
Admiré siempre que amaras a mamá y a tus hijos y estuvieras orgulloso
de vernos grandes y estudiosos. Fuimos, somos y seremos tu sangre, tu herencia,
tu eco.
Valentía para vivir. Alegría para soñar; reflejamos tu
entereza para afrontar los imprevistos.
Aquí estoy en el silencio, donde sólo transcurre el
presente. Yo sólo tejo este punto en la trama del tiempo, este instante y este
rumbo se marcó allá en cielo y sobrevivió en esta tierra para que fueras mi
papá. Amigo, amor, amistad, vida y sueño.
Pensando y recordando vino a mi mente una poesía de Miguel Hernández.
Temprano levantó la muerte el velo
temprano madrugó la madrugada
temprano estás rodando por el suelo
Clara Molina - 2025
Relato
La Buni y el
Scrabble
Sus nietos la llamaban Buni, abreviando “bunica” que
significa abuela en su lengua, era originaria de un país del este de Europa.
Llegó, como inmigrante a Buenos Aires en los cincuenta, escapando de la hambruna
de postguerra. Solo tenía veinte años. Una juventud truncada por los horrores
de la guerra.
Debido a esto, solo había transitado la escuela primaria.
A pesar de las dificultades que le ocasionaba no saber una
sola palabra del español, se las fue arreglando de a poco. Nada le parecía un
obstáculo insalvable en comparación de lo que había sufrido durante la guerra.
En los primeros tiempos en Argentina le parecía increíble
que no hubiera escasez de alimentos, que no se tenía que cuidar de los extraños,
que se pudiera dormir sin miedo en las noches.
La necesidad de conectarse con otras personas, puesto que no
tenía a nadie que lo hiciera por ella, la obligó a aprender rápidamente las
palabras esenciales para abastecerse. La mayoría de sus proveedores tuvieron
paciencia y fueron sus improvisados maestros.
En el transcurso de un año hablaba mejor que aquellos
connacionales que llegaron sabiendo el español.
Desde que partió de su tierra no tuvo más noticias de sus
familiares, ni de su patria. A causa de las prohibiciones establecidas en los
países, que estaban tras la cortina de hierro no se enviaban las cartas. Esto
la tenía angustiada. Pero un día, una vecina le trajo un recorte de diario con
algunas noticias. Se lo leyó. Ella no sabía leer aún. En ese momento decidió
aprender a leer en esta lengua.
Comenzó a hacerlo, tal como lo hacen los pequeños, con los
carteles de la calle, los letreros, los titulares de los diarios en los
quioscos.
Con el tiempo, de los diarios y las revistas de chimentos,
pasó a los libros. Su situación no le permitía comprarlos. Pero no le faltaba
quién le prestara uno que otro. Hasta que, un día, se enteró que podía asociarse
a la biblioteca General San Martín y retirar libros en préstamo de forma
gratuita.
Así fue que se transformó en una lectora consuetudinaria. Le
encantaba jugar con las palabras. Se entretenía con todo tipo de crucigramas,
adivinanzas y otros desafíos.
Sus huesos, su cuerpo cansado no le permitía estar tan
activa, como en otros tiempos. Las palabras le hacían olvidar sus dolores.
Sus nietos la visitaban con frecuencia. Disfrutaban de su
compañía. Siempre los recibía cariñosamente. Era una abuela seductora. Los
divertía con los juegos de todo tipo. Pero su favorito era el Scrabble. Nadie
le podía ganar. Era imbatible.
No se explicaba cómo ella, siendo extranjera, que a pesar de
los años no se le fue el acento, sin estudios, poseía un vocabulario tan
cuantioso. Y nunca le faltó su libro favorito: un buen diccionario.
La Buni fue, entre otras cosas extraordinarias, la campeona
del Scrabble en la familia.
Nela Bodoc – 2025
Cuento fantástico El monstruo del cerro Atraídos por su fama de ser un lugar con extrañas experiencias, un grupo de amigos dec...