viernes, 12 de mayo de 2023

 

MI PANCITO DE PALABRAS

 

Me pidieron que creara

y amasé una poesía,

le puse gotas de polvo

de mi tierra mendocina.

La perfumé con el viento

y el olor de la jarilla,

y la dejé que leudara

bajo una luna de plata.

La adorné con el calor

de este sol cálido y ardiente,

la adorné con flores rojas

y con ramas de canela.

Le hice una cuna verde

para que no pierda se esencia.

Mi pancito de palabras,

ya está listo.

Ya me voy

 

Clara Molina- 2023

jueves, 11 de mayo de 2023

 

El cuento: parte de una situación inicial, surge un conflicto que, en el desenlace final, se resuelve.

 

                                                           Orgullo

 

Doña Rita era una dulce ancianita que vivía en una chacra bastante alejada de la ciudad.

A ella le gustaba mucho su huerta y su jardín, también le encantaba cocinar, la cocina era su lugar predilecto adónde no podían entrar los demás miembros de la familia sin su consentimiento, pues allí ella era reina y señora, y en sus ratos de ocio se sentaba en su sillón predilecto, escuchando música y tejiendo.

Un día, al retomar su tejido para entretenerse, puesto que afuera llovía a cántaros y no podía ir a labrar su huertita, vio que había cometido algunos errores, que eran muy evidentes y deslucían totalmente su trabajo.

Largo rato se quedó cavilando sobre el tema y tomó una decisión: iría al oculista. Aunque iría sola, sin decirle nada a su esposo y sus hijos para no dar el brazo a torcer, pues ellos le habían insistido infinidad de veces que hiciera esa consulta para que le recetaran anteojos que le  ayudaran con sus tareas mejorando su visión.

A la mañana siguiente salió temprano rumbo a la ruta para tomar el colectivo que la llevaría a la ciudad, pero ella nunca había hecho ese trayecto sola a pie, por lo que se sintió invadida por un gran temor.

Había caminado un largo rato cuando encontró a un joven vecino que le aconsejó que no siguiera por esa senda pues había mucho barro de la lluvia del día anterior.

Su orgullo no le permitía obedecer ni aceptar consejos, pues siempre se había valido por sí misma cuando era más joven, así que siguió por el sendero y fue a dar en medio de un charco de lodo que no había visto.

Angustiada se echó a llorar. Y entre las lágrimas vio que un tractor se aproximaba. En él venía su hijo menor. Venía a buscarla porque su vecino, el joven que antes encontrara, le había avisado de su situación.

¡Vengo a buscarte mamá! –dijo su hijo con dulzura- iremos a casa a que te cambies de calzado y te laves los pies y luego te llevaré en la camioneta a la ciudad.

El tiempo nos invita a aceptar los cambios.

                                                          

Asumi – 2023

 

 

miércoles, 10 de mayo de 2023

 

Biografía

Juana Azurduy  de Padilla, Coronela del Ejército Libertador

 

Nació en el cantón de Toroca en las cercanías de Chuquisaca, el 12 de julio de 1780 hoy república de Bolivia, hija de don Matías Azurduy y doña Eula­lia Bermudes .Su lengua materna era el castellano, aprendió el quechua y el aymara .

 A la muerte de su madre primero y luego de su padre, su crianza queda a cargo de sus tíos junto a su hermana Rosalía. Su adolescencia fue conflictiva, chocando con las costumbres antiguas  de su tía, por lo que es enclaustrada en el Convento de Santa Teresa. Por su carácter rebelde contra la rígida disciplina, prácticamente es expulsada del Convento. Allí  realizaba reuniones clandestinas, donde conoce la vida de Túpac Amaru y Micaela. Estudia la vida de Sor Juana Inés de la Cruz entre otros, lo que le llevará a la expulsión a los ocho meses de internada.

 De regreso a su región natal, conoce a Melchor Padilla, padre de su futuro marido, amigo de los indios y obediente de las leyes realistas, Allí conoce a Manuel Padilla,  quien establece una relación de profunda amistad con Juana. Éste frecuentó las universidades de Chuquisaca y compartió con  Juana su conocimiento de la revolución Francesa, las ideas republicanas, la lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Juntos conocieron a los patriotas  Castelli, Moreno y Monteagudo representantes de La Primera Junta Argentina.

 El 8 de marzo de 1805 contrajo matrimonio con Manuel Padilla y tuvieron cinco hijos:     Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes y Luisa, la que acompañó a su madre en  la vejez.

Gozaron de una buena posición económica, pero Manuel como era “criollo”, no podía participar de cargos en el cabildo. Por esas circunstancias Manuel Padilla se sumó a la resistencia y encabezó a los indios Chayanta. Juró servir a la causa americana y vengar  a los patriotas fusilados en el levantamiento de La Paz.

 Manuel Padilla se unió a Martín Miguel de Güemes y  fueron la pesadilla del ejército realista. Doña Juana quiso acompañarlos pero estaba prohibida la presencia de mujeres en el ejército.

Hacia 1813 los revolucionarios ocuparon Potosí y Padilla fue el encargado de organizar el ejército, tarea a la cual se sumó, ahora sí, Juana. Su ejemplo hizo que muchas mujeres se sumaran a la idea de independizarse de los españoles. “En poco tiempo, el prestigio de Juana Azurduy se incrementó a límites casi míticos: los soldados de Padilla veían en ella la conjunción de una madre y esposa ejemplar con la valerosa luchadora; los indígenas prácticamente la convirtieron en objeto de culto, como una presencia vívida de la propia Pachamama”.

Juana Azurduy siempre demostró un hondo senti­miento maternal y se preocupaba de que sus hijos cre­cieran sanos y fuertes, convencida de que una de sus misiones principales era evitar que les sucediese lo que ella tuvo que sufrir cuando sus padres desaparecieron demasiado prematuramente.

Sabedora de que la hora de combatir le llegaría tarde o temprano, porque su deseo así lo auguraba, Juana ordenaba a sus ayudantes que le fabricaran muñecos de paja con los que luego ella se ensañaba, atacándolos con alguna espada que su esposo había abandonado por mellada e inservible. O los atravesaba con una lanza de larga vara que aprendió a sujetar con fuerza en su sobaco, taloneando su cabalgadura como su padre le había enseñado

También aprendió a lanzar las boleadoras con bastante eficacia y las cabras debieron habituarse a derrumbarse cada dos por tres con sus patas arremolinadas por tiradas cada vez más certeras. La que hasta no hacía mucho fuese una dama chu­quisaqueña se enorgullecía ahora porque su brazo se endurecía y la espada parecía pesar cada vez menos, desbaratando ejércitos de muñecos que caían abatidos desparramando briznas de quinua en el aire.

El hecho de que fuera mujer, y tal estirpe de mujer, decidía a muchos hombres a unirse a la lucha y, lo que era más remarcable, también lo hacían no pocas mujeres, anticipando lo que sería aquel formi­dable cuerpo de amazonas que debería ocupar mejor lugar en nuestra Historia.

En campaña solía llevar un pantalón blanco de corte mameluco, chaquetilla escarlata o azul, adornada con franjas doradas y una gorra militar con pluma azul y blanca, los colores de la bandera del general Belgrano, quien le había obsequiado su espada favorita en cierta ocasión en que presenció su bizarría y arrojo, prenda que lucía con gran estima.

En el mes de marzo de 1814. Padilla y Azurduy vencieron a los realistas en Tarvita y Pomabamba. Pezuela, el jefe del ejército español, puso todo su batallón a perseguir a la pareja de caudillos. Las tropas revolucionarias debieron dividirse: Padilla se encaminó hacia La Laguna y Juana se internó en una zona de pantanos con sus cuatro hijos pequeños. Allí se enfermaron cada uno de ellos, y murieron Manuel y Mariano. De vuelta en el refugio del valle murieron Juliana y Mercedes, las dos hijas, de fiebre palúdica y disentería. Dicen los biógrafos que comienza aquí la guerra brutal contra los realistas.

 Está nuevamente embarazada cuando combate el 2 de agosto de 1814 junto a Padilla y su tropa, en el cerro de Carretas. Sufre ya los dolores de parto cuando escucha las pisadas de la caballería realista entrando en Pitantora. Luisa Padilla, la última hija de los amantes guerreros, nace junto al Río Grande y experimenta ahora en brazos de su madre los ardores de la vida revolucionaria         .   

Un grupo de suboficiales quisieron arrebatarle la caja con el tesoro de sesenta mil duros, el botín de guerra con el que contaban para su supervivencia las tropas revolucionarias, y que custodiaba con celoso fervor. Juana se alzó frente a ellos con su hija en brazos y la espada obsequiada por el General Belgrano. Feroz y decidida, montó a caballo con la pequeña Luisa y, juntas, se zambulleron en el río logrando llegar con vida a la otra orilla. La recién nacida quedó a cargo de Anastasia Mamani, una india que la cuidó durante el resto de los años en que su madre continuó luchando por la independencia americana.

 En 1816 Juana y su esposo, quienes tenían bajo sus órdenes seis mil indios, sitiaron por segunda vez la ciudad de Chuquisaca. Los realistas lograron poner fin al cerco, y en Tinteros, Manuel Ascencio Padilla encontró la muerte. Manuel Belgrano, en un hecho inédito, envió una carta donde la nombraba Teniente Coronel.

Juana Azurduy intentó reorganizar la tropa sin recursos, acosada por el enemigo, perdió toda colaboración de los porteños. Decidió dirigirse a Salta a combatir junto a las tropas de Güemes, con quien estuvo tres años hasta ser sorprendida por la muerte de éste, en 1821. Decidió regresar junto a su hija de 6 años, pero recién en 1825 logró que el gobierno le dé cuatro mulas y cinco pesos para poder regresar. Ese mismo año se declaró la independencia de Bolivia y el mariscal Sucre fue nombrado presidente vitalicio. Este le otorgó una pensión, que le fue quitada en 1857 bajo el gobierno de José María Linares.

 Uno de los pocos momentos de felicidad fue aquel en que sorpresivamente Simón Bolívar, acompañado de Sucre, el caudillo Lanza y otros, se presentó en su humilde vivienda para expresarle su reconocimiento y homenajeó a tan gran luchadora. El general venezolano la colmó de elogios en presencia de los demás, y dícese que le manifestó que la nueva república no debería llevar su propio apellido sino el de Padilla, y le concedió una pensión mensual de 60 pesos que luego Sucre aumentó a cien, respondiendo a la solicitud de la caudilla, pensión, que apenas le alcanzaba para comer.

 La alcoba donde murió se encontraba en la casa número 218 de la calle España, en la ciudad de La Paz, Bolivia, en el patio interior que parece el corralón de algún antiguo tambo, donde viajeros y trajinantes alquilaban una pieza para pasar la noche.

El cuarto era pequeño y miserable, tenía un venta­nuco al oriente y la puerta al norte. Adentro había una escalerilla de adobe para alcanzar la abertura, las pare­des estaban blanqueadas y el techo con recias vigas y cañas trenzadas, rumorosas de vinchucas.

En un lecho humilde con colchones que los indios llaman "ppullus", expiraba doña Juana. Además había en la alcoba una vajilla de barro, en las paredes algunas imágenes, un arca pequeña con papeles y otro catre para Indalecio, un niño harapien­to, único testigo del último suspiro de la Teniente Coronela.

Murió, como no podía ser de otra manera, un 25 de mayo de 1862. (Revolución de  Chuquisaca 25 de mayo de 1809 )

Sus restos fueron exhumados 100 años después, para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje.

Referencias: Historia de Bolivia  -De Jose Mesa, Teresa Gisbert  de Mesa ,Carlos  De Mesa - Quinta Edición-Editorial Gisbert La Paz 2006  Wipedia; Enciclopedia libre Internet.

 

             Helena Benenati Solsona - 2012

 

martes, 9 de mayo de 2023

 No me arrepiento...

De creer que un mundo mejor es posible.

De confiar en las personas.

De creer en el AMOR.

De dejar que el asombro se apodere de mí, cuando pasa un Ángel y me muestra algún milagro cotidiano.

De dejar libre a la emoción, cuando dos miradas se encuentran en sublime comunión.

De dejar el tiempo de lado cuando de apapachar se trate.

De seguir mis corazonadas aunque me equivoque.

De dejarme atravesar por la vida por más que el precio sean lágrimas.

De no transar con aquello que no hace eco en mi corazón.

De haber adoptado a regañadientes a todos los peludos y emplumados que eligieron mi

compañía y me llenaron de infinito amor.

De abrazar árboles y de escuchar cantar al viento.

De haberme equivocado una y mil veces.

De haber sido terca como una mula para poder luego, notar la diferencia.

De haber amanecido con el amanecer y atardecido con el atardecer.

De las noches en vela con cálida compañía y de aquellas en que me abracé en soledad y

aprendí a amarme compasivamente.

De todas las posibilidades que pude ver y aprovechar y de las que pasaron sin siquiera ser

notadas.

De haberme dejado acariciar el alma.

No me arrepiento de haber vivido así y de los pasos que me tejieron hasta aquí, los volvería 

a dar una y mil veces.


                                                        Stella Maris - 2023



sábado, 6 de mayo de 2023

 

Prosa poética

                              

                                                                               ¿Quién?

¿Quién llora por las víctimas abatidas por descargas de metralla?

Todos…

¿Y quién reza por los victimarios?

Quizás sólo yo, de distraída…

A veces pienso en su mundo de dolor, dolor maldito, dolor ciego en la oscuridad de su alma.

Tal vez la única bendición que recibió en su vida fue en la pila bautismal, si es que alguien lo llevó hasta allí.

Y ahora siembra ruegos para sus víctimas mientras solo cosecha maldiciones para sí.

¿Cuántas reencarnaciones vivió arrastrando sus envidias sin fin?

¿Qué rencores lo alimentan? ¿Qué dolores lo alientan?

¿Qué caricias le faltaron? ¿Qué abrazos no tuvo? ¿Y los besos no alcanzaron para él? O quizás los tuvo y deseaba más.

Ahora ya no tiene otra cosa que el miedo a su propia muerte alimentado por su desprecio por la vida ajena. Su única seguridad son sus armas y sus odios.

Por eso, cuando el noticiero muestra una víctima rezo por ella, pero también rezo por el victimario, así, de distraída que soy…

Y no me arrepiento.

                                                                                              Marta - 2023

 

 

viernes, 5 de mayo de 2023

 

Soneto

                                                                             

Espejo en el bosque

 

El marco viejo que quedó allá en el bosque

refleja sin pudor una luz que brilla

como un sol pequeño de la sierra,

como un sol libre y viajero, como espejos…

 

¿Qué misteriosa imagen sin sonido descansaba

entre los torneados brazos de aquel viejo?

¿Sostendría recuerdos de otros tiempos?

¿O habrá sido alguien que fue querida y olvidada?

 

Ahora sólo queda luz en aquel marco

que nos habla de gente que vivió

y ya no habla, llegó quizás a su descanso.

 

Porque en el bosque la tierra cubre con porfía

todo lo que fue y ya termina:

amores, versos, suspiros, sonrisas, armonías.

 

Clara Molina - 2021

jueves, 4 de mayo de 2023

 

 

SOLEDAD

Esperando en soledad

la llegada de un abrazo,

la mujer entristecida mira

y busca algo allá abajo,

nubes de tempestad que rompe un rayo

manifiestan su rechazo.

Ella quiere intervenir y correr

hacia una sombra, la sombra de una visión,

la sombra que cruza hacia las chispas

que brillan entre las espesas ramas…

¡Qué confusión más amarga

la que vive aquella niña

imaginando ese mundo

que brilla, que tiene alma!

Pero a ella no le llega ni la rosa,

ni el perfume, ni la sombra, ni las llamas,

ni la calma.

La joven mira asombrada

la luz que brilla allá abajo,

es un cuadro retorcido

de rincones y de atajos.

Nunca sabrá si escondido,

se quedó algún recuerdo

de besos y de sonidos.


               Clara Molina - 2022




  Canción de cuna                                          Canción para Francisco   Descansa mi niño, navega en tus sueños, aq...