No se puede poseer al amor, solo se puede cultivar; tampoco dirigirlo, porque el amor es expansivo.
Este Taller es un espacio de escritura creativa, diseñado para las actividades de extensión Cafh Argentina 6
Fábula
El cerezo de
Don Cirilo
En una lejana aldea de montaña, un solitario anciano llamado
Cirilo vivía en su modesta casa de adobe con un terrenito al fondo, colindante
con su vecino Jeremías.
Don Cirilo amaba a ese pequeño jardín y especialmente a su
único árbol, un importante cerezo que se erguía muy cerca de la medianera.
El hombre, ya bastante entrado en años tenía dificultades
para ocuparse de sus plantas, pero al árbol no lo descuidaba nunca. Lo regaba
todas las tardes, con especial dedicación, como si fuera su única posición, en
este mundo.
El cerezo le retribuía tanto amor, dando una gran cantidad
de enormes, rojos y deliciosos frutos, que nunca compartía con nadie. Todos
conocían lo mezquino que era.
La pequeña hija de Jeremías, Celeste, era una niña muy
alegre, algo traviesa y bastante intrépida. Y se le hacía agua la boca, viendo
desde su ventana, las apetitosas cerezas en la copa del árbol. Para ella era
imposible resistirse a semejante tentación.
Todas las tardes, mientras Don Cirilo dormía la siesta, se
trepaba a la medianera y con solo estirar su bracito lograba arrancar unas
cuantas, que comía hasta hartarse y otras más que se echaba al bolsillo.
A veces, el viejo gruñón la alcanzaba a ver mientras
escapaba. Y furioso le gritaba unos cuantos improperios. La niña, temblando de
miedo, se bajaba lo más rápido posible de la medianera, cuidando su tesoro,
ganándose unos raspones.
A pesar de los retos de su madre, se daba tremendos
atracones que terminaban en tremendo dolor de panza.
Ante estos hechos, Don Cirilo decidió dormir la siesta en
una reposera, bajo la sombra de su amado árbol, vigilando para evitar la
cosecha clandestina.
Celeste, que no pensaba renunciar a su travesura, cambió de
planes. Esperó que cayera la tarde y cuando ya estaba oscureciendo se trepó a
la pared comenzó a llenar sus bolsillos ya muy estirados de tanta carga.
Estaba muy oscuro. Sin poder distinguir la saliente, donde
siempre apoyaba el pie para poder bajar, resbaló. A caer dio con la nuca contra
el borde de una gran maceta que había en su patio, Y allí quedó tendida,
inconsciente.
La llevaron al hospital, a terapia intensiva. Estuvo
agonizando dos días. Finalmente falleció, a pesar de las oraciones de todos los
pobladores y de los ruegos de sus desesperados padres.
Una gran nube obscura cubrió el cielo de la aldea, por
varios días.
Nadie reía, nadie cantaba, nadie jugaba. La tristeza se
entrometió en todas las casas.
Con dolor y un enorme sentimiento de culpa, Don Cirilo,
arrepentido de haber sido tan mezquino con Celeste, su encantadora y traviesa
vecinita. Sentado junto al cerezo, se pasaba llorando durante días, semanas,
meses, hasta que se le secaron los ojos.
Llegó la primavera al año siguiente. Como siempre el árbol
floreció, generosamente. Después de unas semanas, fueran cayendo las pequeñas
flores, de color rosa pálido, dejando un aterciopelado tapiz a su alrededor.
Pero los frutos no aparecieron.
El cerezo de Don Cirilo, nunca más dio las apetitosas frutas
tan apetecidas. Todos los vecinos sabían, muy bien, porqué.
Cuando se cumplió el primer aniversario de la muerte de
Celeste, apareció una bellísima mariposa, de color celeste, revoloteando entre
las ramas del árbol. Y luego se posó sobre el hombro del anciano, quién no
dejaba de suspirar junto a la medianera.
Él sabía que era Celeste que venía a consolarlo. Su mensaje
era, que ya podría descansar en paz.
Nela Bodoc - 2024
¿Qué es la paz verdadera?
No criticar, no juzgar.
No pedir que solo los demás cambien para que yo encuentre
paz.
Cultivar la paz en mi corazón a través de la compasión, a
través de la bendición, pues la bendición, que es decir bien, permite que mi
odio se desvanezca, ya que no se puede odiar lo que se bendice.
A través del amor, porque el amor no es algo que nace de
la nada, es algo que se cultiva.
Taller de escritura por la paz - 2024
Cuento
Santi y la
estatua
Todos los días se juntaban, unos estudiantes de secundaria,
en la plaza San Martín, a la salida de clases.
Entre los adolescentes se destacaba Santi, un chico robusto,
de mirada penetrante y de melena revuelta, por su carisma. Era una especie de
líder.
Siempre se le ocurrían ideas un poco locas y sus compañeros
le seguían la corriente.
Un día estaba sentado en la plaza, solo, mientras esperaba a
sus amigos. Había faltado a clases porque no había estudiado para la prueba de
química. Preferiría tener una falta más y no una mala nota.
Un tanto aburrido, se puso a observar el monumento que está
en el centro de la plaza.
Es realmente imponente. Tiene una altura importante. Arriba
de un monte de piedra está la estatua del General San Martín, montado sobre un
caballo cuyas patas delanteras están elevadas. El prócer tiene su brazo derecho
extendido, señalando con el dedo índice vaya a saber uno qué.
Santi trató de imaginar las batallas de esos tiempos históricos.
Se preguntó si le hubiera gustado ser parte de la gesta libertadora y luchar
como un valiente soldado. Él que nunca había andado a caballo, ni siquiera
estuvo cerca de alguno.
Mientras divagaba en su fantasía, algo le llamó la atención.
Le pareció que el caballo de bronce había movido la cola.
Se restregó los ojos, incrédulo, pero el movimiento seguía.
Los cerró con fuerza, dejó pasar unos segundos y al abrirlos vio que el animal
giró la cabeza, después de emitir un relincho.
De pronto, el General San Martin inclinó un poco su cabeza y
le clavó la mirada.
Santi comenzó a transpirar. Encendió un cigarrillo con mano
temblorosa -¿Qué me pasa?- se preguntó angustiado- ¿Por qué estoy viendo esto?
Miró a su alrededor. La gente circulaba por la plaza normalmente.
Nadie parecía sorprendido. Solo él presenciaba el extraño acontecimiento.
Volvió a mirar la imponente escultura de bronce, opacada por
el paso del tiempo. Los movimientos continuaron. El corcel había bajado una
pata y el brazo del prócer señalaba en otra dirección.
Santi estaba petrificado, como si él mismo se hubiese
convertido en una estatua. En ese instante sintió algo frío en su rostro. Era
el agua con que su amigo Beto le salpicaba en la cara.
-¡Despertate loco!- le dijo riéndose mientras pateaba, sin
querer, dos latas de cerveza vacías, que estaban junto al banco.
-¡¿Cómo te vas a quedar dormido así, loco?!- exclamó Beto,
todavía tentado de risa. Santi, todavía impactado por los sucesos vividos,
abrió los ojos apenas por temor a lo que podía volver a ver.
No se animó a contarlo. Tenía miedo de quedar en ridículo.
No les quería dar texto para la joda a sus compañeros. Corría el riesgo de
perder su liderazgo.
Se fueron pegándose en broma, riendo escandalosamente, como
hace todo adolescente, inmersos en el instante siguiente.
Sin embargo, Santi le echó una última mirada a la estatua. Y
el General San Martín, muy circunspecto, le hizo un gesto de saludo con su
brazo de bronce.
Nela Bodoc - 2024
PACHAMAMA
En la tierra está la vida,
está la hierba que se prepara a
nacer,
el árbol con una fruta amarilla,
el recuerdo de duraznos y
manzanas
y el rosal con su trémula luz
perecedera,
todo oculto y trasparente.
Hasta que la luna nueva le dé
acceso
a la corriente de la vida.
El arroyo y la montaña se
aprestan
a escuchar los ruegos de los
hermanos
que agradecen los frutos y
agradecen
las flores entre mil voces con
música
lejana, reconocen en la tierra a
la madre.
El viento mueve las hojas, hojas
muertas
que se alejan como si una flecha
les
hubiera clavado el corazón.
La Pachamama impasible espera;
sabe de los hombres y de las
flores,
sabe de los pájaros, de los
frutos y de los ríos,
y sabe que si entramos a la vida
con pasión o como por descuido
deberemos quedarnos y pagar la
estadía.
A todo llega el alma.
Se diría que es la tierra el
camino del cuerpo
Y de la noche venidera, la
Pachamama.
nos contará sus sueños.
Sueña que cuando llueve, el agua
mansa
se divierte entre los laberintos
de la tierra seca.
Sueña que la queremos y que
pronto ya estaremos
cuidando que no se rompa,
cuidando de ella.
Clara Molina - 2024
Ensayo
¿POR QUÉ ESCRIBIR?
No estudio para saber más sino para ignorar
menos.
Juana
Inés de
Hace algunos años, tras una crisis producida por la muerte de personas muy queridas en paralelo con otras dificultades, se acentuó mi dislexia la que en otras oportunidades lograba manejar, pero en este caso no podía evitar cambiar una palabra por otra o no lograba encontrar la que debía utilizar, produciendo una inexplicable interrupción de lo que pretendía decir.
Una querida amiga había tenido un problema de salud que le llevó a hablar con extrema dificultad. Guiada por su terapeuta y como otro ejercicio en su terapia escribía en un cuadernito, y poco a poco recuperó totalmente su dicción. Pensé entonces investigar dentro de mis posibilidades, la relación entre la escritura y el habla. Comencé averiguando cuanto estaba a mi alcance y además me inscribí en un taller de escritura a distancia que me llevó a descubrir espacios internos muy interesantes, además del placer que encontré en hacerlo.
Para escribir debemos elaborar mentalmente los conceptos e ideas que deseamos comunicar, por lo que es necesario encontrar la manera de darle forma de texto escrito a aquello que estamos pensando y traducirlo a caracteres de escritura. Esto nos permite la comunicación diferida en el tiempo y en el espacio, independientemente de dónde o cuándo se haya realizado y de quien pueda ser receptor.
La lengua escrita es, necesariamente, menos espontánea que la oral, ya que el texto debe comunicar la idea sin el apoyo de lo gestual y lo auditivo. El emisor debe elaborarla mucho más si quiere que el receptor la comprenda.
Podemos escribir la idea tal como se nos presenta, en el idioma corriente con que hablamos; o pensando en el receptor, lo que requerirá un texto algo más elaborado, pero lo más adecuado es plantearnos si quien lo lea comprenderá la totalidad del mensaje, lo que debe llevarnos a afinar la expresión del lenguaje escrito.
¿Qué nos permite esto? Ver cómo pensamos, cómo hablamos y cómo nos expresamos. Algunos autores hablan de que la ficción en la escritura proviene del inconsciente y es por eso que algunos escritores dicen a veces no saber cómo sigue su obra, que una vez que ésta se pone en marcha es como si cobrara vida propia.
Si usamos la mente a un nivel muy
superficial de pensamiento común, tenemos una potencia limitada. Aprendemos el
lenguaje oral por el solo hecho de estar en un medio que nos permita oir
hablar, pero a escribir nos tienen que enseñar. Escribir nos lleva a hacer un esfuerzo
extra porque tenemos habilitadas distintas áreas de nuestro cerebro para distintos modos de expresión. El
simple hecho de ampliar nuestro mundo cognitivo ya es sumamente interesante.
El cerebro
es responsable de elaborar el conocimiento, procesar las emociones, almacenar
recuerdos y aprender. Está capacitado para expresar estas cualidades a través
del lenguaje, y esta capacidad se puede ampliar conscientemente. Pensamos un
mensaje, pero no lo podemos escribir tal como lo pensamos, debemos trabajarlo
en otras áreas cerebrales antes de llevarlo a modo escrito.
El lenguaje
es predominantemente una función del hemisferio izquierdo, aunque el hemisferio
derecho tiene también un poco de lenguaje. Además, si una persona tiene daño
cerebral en el hemisferio izquierdo en su temprana infancia, el hemisferio
derecho se apodera de la función del lenguaje. También parece haber personas
que tienen el lenguaje en el lado derecho e incluso hay quienes lo tienen en
ambos lados. Se ha descubierto que la organización funcional del lenguaje es
más diversa e individualizada de lo que se creía. Se han localizado áreas
relacionadas con el lenguaje en los hemisferios frontales, temporales y parietales,
en zonas alejadas de las clásicamente consideradas 'áreas del lenguaje'. En
algunas ocasiones la localización puede variar incluso varios centímetros de
una persona a otra.
Ampliar nuestro vocabulario es ampliar nuestra capacidad cerebral. La lectura nos amplía el vocabulario, más la escritura (transferir un pensamiento a caracteres) lo amplía aun más, pues debemos buscar palabras mucho más ajustadas a la idea a transmitir ya que no tendremos la retroalimentación del receptor que nos comunique verbal o gestualmente si comprendió o no. Además de tratar de usar en lo posible más de una palabra con el mismo significado para hacer el mensaje agradable y claro.
Escribir es un ejercicio que nos puede permitir profundizar el conocimiento de la idea a transmitir, además de ordenar nuestro pensamiento en un espacio-idea-sentimiento acotado, a través de la reflexión voluntaria y necesariamente organizada.
Nos permite dominar la divagación, ampliar el autoconocimiento y superar el egocentrismo, pensando en transmitir ideas concretas a otras personas. Por esto algunas veces nuestra mente se resiste a escribir: no desea superar la comodidad y trabajar sobre sí misma. Es como si dijese “Ya tengo suficiente, no me molesten con incómodas ampliaciones”
Es
una tarea que colabora, junto con otras como la meditación, en ampliar nuestras
capacidades y desenvolvimiento. Además es un desafío que no requiere de esfuerzos
desproporcionados sino de propósitos muy fáciles de intentar. A mí me sirvió y
me sirve para recuperar una expresión verbal fluida y un modo agradable de
comunicar con otras personas que no comparten mi espacio ni mi tiempo.
Por Marta Ibáñez
Publicado
en Vuelos Nº 77
Diciembre
2010
Julio llega tempranito,
Cual nutrido desayuno
Nos regala treinta y uno
Uno más para vivir,
Uno más con su latir.
Cada cual su cometido:
El ave mulle su nido,
El hombre atiza su fuego,
La vida es como un juego
Hay que aprender a jugar,
Tiempo para trabajar,
Y también esparcimientos,
De cultivar sentimientos
Humanizar la cultura,
Pulsar músculo y bravura
Soñar y amar al momento.
Cuento fantástico El monstruo del cerro Atraídos por su fama de ser un lugar con extrañas experiencias, un grupo de amigos dec...