Ella le dio
el Sol y la Luna, pero la niña tomó sólo una luciérnaga.
AMI
Este Taller es un espacio de escritura creativa, diseñado para las actividades de extensión Cafh Argentina 6
Calma
Verano. Contingente de turismo guiado. Me sentía saturada de
información. Estábamos en Córdoba, precisamente en Río Tercero, y la guía nos
había llevado por la zona agreste de la sierra.
En un pequeño arroyo se lucían los más bellos flamencos rosados
que yo había visto, aunque, a decir verdad, no he visto tantos flamencos en mi
vida, sólo los había visto una vez antes pero de plumaje blanco.
Siguiendo el arroyito vimos unos juncos que en sus tallos
lucían unos hermosos botones de color rosado, intenso y llamativo, que
inmediatamente asociamos con las aves, pero la guía dio por tierra nuestra
ilusión con una simple frase: “Son huevos de sapo”.
Y así siguió el paseo, descubriendo variedades de plantas
propias de la sierra, observando sus propiedades medicinales, o sus flores y sus
perfumes, que la guía describía al pasar.
El cansancio me iba invadiendo poco a poco, transformándose
lentamente en aburrimiento. Llegamos a un punto en el que el cauce de agua se
estrechaba, precipitándose en cascada hacia una parte más baja, siguiendo su
curso hacia el río.
Atardecía. El sol iluminaba la escena, y como si un mandato
oculto hubiera sido dado, todo el grupo hizo silencio. Busqué una piedra donde
sentarme, igual otras personas, las más jóvenes permanecieron de pie como en
éxtasis, contemplando ese tiempo-espacio presente, sagrado, en comunión con el
grupo y el entorno.
Cuando la luz del sol se extinguía partimos hacia el
vehículo que nos llevaría de vuelta, en silencio, en la armonía que nos brindó esa experiencia casi mística, compartida, guardada en nuestros corazones.
Dejé de ser observadora para ser parte del grupo, y el grupo
ya era parte de mí.
Asunción - 2020
Arturo y Manuel
Arturo era
un hombre tranquilo, le gustaba caminar por el vecindario y desde que falleció
su esposa lo hacía en solitario, ahora se había ido de viaje al norte del país
a visitar a su hermana, y Manolito, su nieto, que era un niño muy cariñoso, lo
extrañaba y cada día le preguntaba por teléfono cuándo regresaría.
-¡Dale abu!
volvé pronto que te extraño- Por eso apenas regresó lo llamó para hacerle la invitación.
Arturo se
sentía preocupado, porque desde que volvió de su viaje, su canario amarillo estaba
muy desanimado, ya no cantaba alegre como solía hacerlo cada mañana: -¿Será que
echa en falta a la patrona? Tal vez le pasa como a mí- pensó.
A la hora
convenida salió de su casa, muy bien arreglado y con un regalo para Manuel; apenas
se vieron, se abrazaron y se fueron caminando hacia el café Los Amigos, que
estaba en el barrio. ¡Qué feliz estaban el niño y su abuelo!, entraron y se
acomodaron en una mesa junto a una ventana.
-¡Quiero una
chocolatada con medias lunas! -dijo el pequeño entusiasmado.
-Si mi niño,
pida lo que quiera- De pronto Arturo se acordó del regalo y lo entregó a
Manolito.
-Gracias
abu, qué lindo, me encantan las travesuras de Mafalda.
Pasaron una
hermosa mañana charlando y riendo, comentando cosas de viajes y escuela.
Había mucho
para decir, había mucho amor entre ellos.
Ana María Muñoz - 2020
El caso:
Un accidente
singular
Ocurrió una noche, cerca de fines de diciembre. Una
septuagenaria bajó del colectivo, a las 21.45 horas, cargando varias bolsas de
compras de fin de año en sendas manos. Recorrió tres cuadras hasta llegar a su
barrio, que se caracteriza por tener grandes árboles muy frondosos, que ocultan
las luminarias tornándose bastante oscuro.
Cercana a su domicilio, tropezó con un perro negro, que
dormía en el medio de la vereda, a la sombra de un paraíso, por lo que era casi
imposible distinguirlo. La mujer cayó de cúbito dorsal, sin soltar los
paquetes, quedando totalmente tendida en el piso. Se supo qué cosa se había
llevado por delante por los gemidos del animal, que salió corriendo.
El hecho no tuvo graves consecuencias. La señora sufrió
algunos raspones en las rodillas, codos, manos y mentón. Sus anteojos cayeron
unos metros más adelante sin romperse. Una pareja vecina corrió a auxiliarla,
ayudandole a incorporarse, mientras el perro se alejaba velozmente, ladrando
lastimeramente.
La septuagenaria, una vez recuperada del shock, siguió
camino a su casa.
Nela Bodoc 2021
El espíritu
de la naturaleza
Era el primer domingo de la primavera y ese día amaneció
rutilante de sol y perfume de flores. Los padres de mi amiga Susana vendrían a
buscarme para ir a pasar el día a su casa de Aregua, éramos amigas inseparables
y como su mamá cocinaba muy bien prometía ser un día exquisito.
Llegamos rápidamente en su auto y como habíamos desayunado
nos dejaron salir a recorrer.
Era hermoso ver las irregularidades del terreno con piedras
de todos tamaños, la hojarasca de distinta tonalidad que iban del rosado al
amarillo, acompañado todo por el canto de los pájaros que interrumpía el
especial silencio del lugar; lo máximo fue llegar al arroyo, y el agua fresca
me invitaba a bañarme en ese mismo instante.
Pregunté- ¿De dónde viene esta agua? ¡No puedo creer
semejante delicia! ¿Podemos ir hasta la naciente?
Está cerca de aquí por
eso es fresca y limpia –dijo Susana– fuimos
con papá, mamá y Jorge el casero el mes pasado, llevaron picos y machetes, pues
tuvieron que abrir un pequeño sendero para llegar.
-Y ¿llegaron verdad?
–pregunté ansiosa -por favor, quiero
llegar a ese lugar -comencé a repetir mientras una fuerza interna me
estimulaba a caminar hacia allí.
-Sí claro, pero te
cuento que el bosque se va cerrando de a poco y se hace oscuro, parece de noche
andar por ahí –respondió -voy a acompañarte un rato, luego irás sola,
a mí no me gusta, y tienes que saber que hay víboras.
-Guauuu -exclamé.
Y sin pensar me dispuse a seguirla.
Susana iba delante de mí con paso firme y todo lo rápido que
permitía el terreno, pensando que tal vez pronto yo cambiaria de idea, al poco
tiempo los rayitos de sol que se filtraban por entre las hojas comenzaron a
escasear y todo se tornaba más y más oscuro. Era como un túnel verde y
achaparrado
- Aquí me quedo -se plantó Susana- tendrás que seguir sola, faltan unos metros
y cuidado con las víboras. -dentro de mi surgió la seguridad de que nada
malo me sucedería, así que continué el sendero sin titubear, sintiendo una
sensación de que una gran boca verde me tragaba lentamente.
Llegué… allí estaba yo sola con el fuerte ruido del agua que
caía entre las piedras. Lo primero que hice fue agradecer la oportunidad de
vivir ese momento en ese magnífico lugar que se parecía a un pequeño santuario.
-Hola -dijo una
vocecita suave y melódica- yo soy Luz.
-Hola Luz ¿dónde
estás? - contesté mientras buscaba por todos lados la dueña de esa voz.
-Aquí estoy en esta
enredadera que cae del lapacho- ahí
estaba, un hada diminuta, de vestido verde con pequeños brillantes multicolores.
Me animé a preguntar-
¿Vives aquí?
-¡Claro! Formo parte
de la hueste de honor que cuida la naturaleza.
Asombrada respondí: -Así
como los gnomos.
Si… ¡No me hables de ellos! Siempre hacen bromas, sobre todo a los
hombres, desorientan a los visitantes y no pueden encontrar el camino, así que no
pueden volver al lugar de donde vienen. Somos muchos, estamos en el agua, el
aire, la tierra y los árboles y ayudamos a todos los seres vivos que nos
necesitan para la conservación del bosque.
De pronto la voz de
Susana llamándome me hizo volver de la magia -¡Mirta! ¿Estás bien? - me gritaba desde lejos.
-¡Sí, ya voy!-
respondí. Quería quedarme mucho tiempo, pero comprendí que el momento había
pasado. Agradecí con todo mi corazón este encuentro con el espíritu de la
naturaleza. Dije una oración y me fui cantando bajito a reunirme con mi querida
amiga, pensando que tal vez algún un día le contaré lo que sucedió.
Mirta Fernández – 2021
Cuento fantástico El monstruo del cerro Atraídos por su fama de ser un lugar con extrañas experiencias, un grupo de amigos dec...