miércoles, 8 de noviembre de 2023

 


Difícil hablar de amar

En tiempos tan turbulentos

Pero suelto lo que pienso,

No me lo quiero guardar,

La vida es transmutar,

Trago a trago lo que veo,

No escucho a los agoreros,

Mi camino es solo paz.

               Alberto Coronel



martes, 7 de noviembre de 2023

 

 

                                                  El abuelo serio.

Todas las mañanas llevaba Jorge a sus dos nietas gemelas a la escuela. Caminando, callado, atento a los pasos de las niñas, que querían jugar y sacar la seriedad a Jorge.

Jorge tenía rasgos de haber llevado una vida muy dura, no se parecía a sus nietas y debía controlar su estricto y acelerado paso para que las niñas fueran junto a él.

No era un hombre estudioso, pero valoraba mucho la labor de los maestros y su sabiduría. También, al regreso de la escuela, gozaba escuchando a las chiquitas lo que habían aprendido en clase.

Un día los vecinos no lo vieron más. Su hija tuvo que ocuparse de llevar a las gemelas y le preguntaron por él.

- Ya no vendrá más, enfermó y ahora vive en un geriátrico- Les contestó.

- ¡No me diga! ¡Cuánto lo siento! – le respondían.

Mucho tiempo pasó que extrañaban la mirada y el paso serio de Jorge. Un día, los vecinos reunieron dinero y le compraron un libro sobre la historia del lugar donde vivían, de sus próceres, fundadores y maestros. Jorge estaba tan maravillado que no dejaba de estudiar el libro, de aprender de su barrio, de su gente, de sus edificios. Esos ojos fríos, rasgos duros, se endulzaron con gestos agradecidos y sonrientes, algo que les brindaba a las visitas y familiares.

Jorge había superado la aridez de su diario caminar, por un nuevo sentido para sus días de recuperación y superación.

 

                                                                  Gabriela Medawar - 2023




lunes, 6 de noviembre de 2023

 

 

EL LABRIEGO

 

El labriego camina rodeando el surco,

con sus manos trabaja acaricia la tierra,

deja allí sus semillas día tras día, noche tras noche.

El labriego ya sueña con el brote nuevo, verde y luminoso.

Con paciencia espera los frutos de colores

que cuelgan de las ramas con distintos sabores

y su espalda se curva dejando su alma en la tierra.

Ya los surcos se marcan en su piel por el sol curtida

sus manos y su cara replican el sueño eterno del que cultiva la tierra.

Y llegará la cosecha con buena suerte y calor

el labriego recoge el fruto de sus surcos y su sudor

pronto llegará a la mesa el regalo verde flor

y sin pensar engullimos su trabajo, el del agua y del sol.

 

Clara Molina – 2023

 

 

domingo, 5 de noviembre de 2023

viernes, 3 de noviembre de 2023

 

Cuento

 

EL MANDATO

Daban las tres de la madrugada cuando en la comisaría de Llanos Verdes recibían el llamado desesperado del sereno del Banco Provincial, quien decía que lo habían asaltado. Inmediatamente envían un patrullero con cuatro agentes y telefonean a la comisaria Silvia González, linda mujer de mediana edad, que  se vistió rápidamente y salió, no sin antes dejar una nota para su hija que dormía tan profundamente que ni siquiera la había despertado el sonido del teléfono.

A llegar al banco encontró a todo el mundo en la mayor de las confusiones, puesto que no habían forzado nada ni faltaba nada, y lo más extraño es que habían dejado en la bóveda una bolsa con quinientos mil dólares.

Pasaban los días y por más esfuerzos que se hicieron por esclarecer el hecho el enigma tenía cada vez más interrogantes, por lo que la comisaria consultó a su viejo maestro, como ella llamaba a su padrino, Ricardo Pereyra, detective jubilado de la policía, que a sus ochenta y siete años conservaba intacta su agudeza y capacidad deductiva. Éste, en como primera medida entrevistó a cada persona que aquella noche tuvo alguna participación, desde el sereno hasta la comisaria, pidiéndoles que no omitieran detalle aunque pareciera insignificante.

El sereno contó que al dar las dos él acostumbra servirse un café que llevaba en un termo para contrarrestar el sueño, cuando, esa noche, sintió en su nuca  algo metálico y frío y una voz de hombre, que no reconoció porque evidentemente era intencionalmente deformada, le indicaba que obedeciera, y un segundo malhechor lo maniató sin decir palabra y lo encerraron en una oficina. Una hora después logró soltarse y llamar a la comisaría.

Los agentes que llegaron primero declararon que nada había sido violentado y todo estaba cerrado normalmente.

El intendente del banco asegura que nadie puede entrar al banco sin dos juegos de llaves que están en manos de diferentes funcionarios.

La tesorera, Anabel López, hija de la comisaria, informa que no se puede abrir la bóveda en siete minutos, pues la acción de retardo es de quince, por lo que cuando atacaron al sereno ese mecanismo ya estaba en marcha.

Guillermo Piotti, el gerente, puso todo a disposición de la autoridad, por lo que Pereyra solicitó todos los libros contables de los cien años de vida de la entidad, lo que hizo pensar a algunos que el viejito chocheaba.

También el octogenario consultó reiteradas veces los archivos del “Tiempo de los Llanos”, diario local, buscando algún indicio.

Un mes y medio después del llamativo atraco, el jubilado detective citó en la comisaría a todos los involucrados, y una vez todos presentes desveló sus verdades:

“Aquí –dijo- estamos todos los que de alguna manera somos responsables de lo sucedido, sólo falta uno, que no vino porque está muerto”.

“Pero si nadie murió en el asalto” –recordó en tono histérico la contadora.

“Por favor, les ruego que no me interrumpan –solicitó el detective en tono solemne- cuando el banco cerró dos personas simularon salir pero se quedaron adentro, esperaron hasta que faltaran ocho minutos para las dos y accionaron el sistema de apertura del tesoro, y a esa hora en punto redujeron y encerraron al sereno, atándolo de modo que pudiera soltarse al poco tiempo.”

“Entonces los atracadores son del personal del Banco” –dijo alarmada la comisaria.

“Así es mi hijita, y una de ellas es Anabel, tu hija, y el otro es Guillermo, su novio”

Se armó un revuelo tan grande que se tardó más de media hora en lograr escuchar a alguien en particular. Silvia defendía a su hija diciendo que ella la vio profundamente dormida la noche del suceso, a lo que su padrino le contestó que esa era su coartada, no la realidad.

“Pero ellos lo hicieron por mandato” –dijo el anciano.

Esto agregó más confusión a la reunión, y cuando se logró algo de calma, con la lógica ansiedad de todos por saber lo que Pereyra había descubierto, éste pudo proseguir con su relato:

“Hace muchos años este Banco sufrió un atraco que nunca fue aclarado. Faltaron trescientos mil dólares que se habían recibido para construir un hospital en Llanos Verdes y que, a causa de esto nunca pudo hacerse.”

Y tras una larga pausa, continuó:

“En un pueblo chico como este algo se ponía en evidencia, alguien cambiaría su modo de vida, o se iría a vivir a otro lugar, pero nada de esto sucedió. Entonces el doctor Luis Piotti, promotor del proyecto del hospital viajó a la Capital y trató infructuosamente de conseguir otra partida para construir el hospital, pero volvió con las manos vacías.”

“Hace un mes que don Luis murió, y todo el pueblo lo honró. He aquí la clave del asunto: le dio a su nieto la responsabilidad de devolver el dinero que en 1939 él depositara en un banco de la Capital, y que se han convertido con el tiempo en la importante suma que Guillermo, con la complicidad de Anabel, ya que cada uno de ellos posee una de las llaves necesarias para abrir el tesoro, introdujera allí de un modo tan poco ortodoxo.”

Y ante el silencio de los presentes, agregó:

“Podemos decir que llegó el tiempo de construir el hospital.”

                       

                                               Marta Ibáñez - 2006




 

 

 

jueves, 2 de noviembre de 2023

 

Teatro            

                       

 

EL MANDATO

 

Personajes:

 

SILVIA  GONZÁLEZ: comisaria, 45 años, linda.

AGENTE DE POLICÍA: edad indefinida, desprolijo en el vestir.

RICARDO PEREYRA: 80 años, detective jubilado.

GENEROSO PIOTTI: 30 años, gerente del banco y novio de Amable

AMABLE LÓPEZ: 25 años, tesorera del banco, hija de la comisada y novia de Generoso

PACÍFICO OTERO: 40 años, sereno del banco.

 

La acción transcurre en una desordenada oficina, con armarios atiborrados de expedientes y un escritorio con montañas de carpetas y papeles, un termo, un mate, una bandeja de cartón con algunas masitas, más un espejo y un frasquito de esmalte. SILVIA GONZÁLEZ una mujer de 45 años, linda y bien arreglada a pesar de vestir uniforme con rango de comisario, habla fuerte mientras se pinta una uña que mira sin atenderla demasiado, mordisquea una masita, camina unos pasos, se sirve un mate que lleva en su mano, camina de un lado a otro en su monólogo, mientras un AGENTE DE POLICÍA la escucha.

 

 SILVIA GONZÁLEZ: (enarbolando una media luna en su mano derecha mientras da vueltas por el escenario) A ver, revisemos nuevamente: ¿Qué se nos está escapando? A ver, agente, escúcheme y dígame si algo no encaja. A las tres de la madrugada el agente de guardia, en ese caso usted, recibe el llamado desesperado del sereno del Banco Nuevo diciendo que lo han asaltado. ¿Voy bien?

 

AGENTE DE POLICÍA: (asiente sin decir nada)

 

SILVIA GONZÁLEZ: (se mira al espejo de ambos lados de la cara y apoyándolo bruscamente sobre el escritorio vuelve a pasearse por el escenario) Usted envía inmediatamente un patrullero al Banco y me informa por teléfono, y manda otro móvil a buscarme. Yo me visto, le dejo una nota en la mesita de luz a mi hija y me voy en el auto policial que me lleva derecho al Banco. Allí todo el mundo habla al mismo tiempo: no han forzado nada, pero sí han maniatado al sereno, y en vez de robarse algo han dejado dentro de la bóveda una  bolsa con doscientos cincuenta mil dólares. ¿Los hechos sucedieron como lo estoy diciendo?

 

AGENTE DE POLICÍA: (Asiente sin decir nada.)

 

SILVIA GONZÁLEZ: (Deteniéndose bruscamente y señalando al agente con dedo acusador) ¿Y que he tenido que hacer? Recurrir a la experiencia de mi viejo maestro Ricardo Pereyra, quien me hizo enamorar de esta profesión, para que me ayude en el esclarecimiento de este misterio, porque yo me siento impotente, y todos mis subalternos son incapaces de encontrar un elefante en una bañadera, así que veremos que tiene para decirme mi padrino, que ya debe estar por llegar. Vaya no más, agente, y avíseme cuando llegue mi querido Ricardo.

Sale el agente del escenario por una puerta del decorado y la comisaria queda sola, se pinta las uñas, se mira al espejo y vuelve a pasearse impaciente hasta que la puerta se abre y el agente se asoma.

 

AGENTE DE POLICÍA: (abriendo la puerta desde afuera y con tono marcial anuncia) ¡Llegó el detective Pereyra, mi comisaria!

 

SILVIA GONZÁLEZ: (Moviéndose diligente hacia la puerta)  ¡Que pase! ¡Que pase! ¡Adelante, padrino! (Y al agente) Vaya no más, agente. Lo llamo si lo necesito. (Besa al  recién llegado a modo de saludo y con impaciencia pregunta) ¿Descubrió algo? ¡Por favor, dígame que sí!

 

RICARDO PAREYRA: (sentándose con dificultad en una silla) Bueno, m´ija, lo primero que hice fue entrevistar a todo el mundo que tuvo algo que ver esa noche, comenzando por Pacífico Otero, el sereno, que me dio la pista de lo sucedido pero no el motivo de tan extraño suceso. Me contó que al dar las dos se sirvió un café como acostumbra hacer para no quedarse dormido, y en ese momento sintió que lo amenazaban con un arma en la nuca y una voz visiblemente deformada le ordenaba que se sentara y el otro malhechor lo maniató en silencio y lo dejaron encerrado. Una hora después logró soltarse y salir pero ya no había nadie.

 

SILVIA GONZÁLEZ: (con tono y gestos impacientes) ¿Pero quién fue, padrino? ¿Lo descubrió?  ¡Por favor, dígame! ¡No me deje con esta incertidumbre!

 

RICARDO PAREYRA: (Con gesto conciliador) ¡Cálmese, pues m´ijita, que todo se va a saber a su tiempo!  Haga venir a todos los que estuvieron involucrados esa noche, al sereno, al gerente del banco y a la tesorera. Cuando estemos todos se lo voy a decir.

 

SILVIA GONZÁLEZ: (abriendo la puerta del decorado) Agente, llame a mi hija, a Piotti y a Otero, los necesito a todos aquí en menos de 20 minutos.

 

AGENTE DE POLICÍA: (desde afuera) ¡Sí mi comisaria, a la orden!  (Se lo escucha tomar el teléfono y citar a las tres personas para que se presenten en forma inmediata)  Hola, ¿con el Banco Nuevo? De la comisaría, Señorita, dígales al sereno, al gerente y a la tesorera que se presenten a la mayor brevedad posible en la comisaría que la comisaria los está esperando

 

SILVIA GONZÁLEZ: (nerviosa y algo histérica) ¡Ay, padrino, de veras que estoy muy intrigada con todo, por favor, dígame si lo descubrió!

 

RICARDO PAREYRA: (Con una risita sarcástica) Ya le dije que se calme, que todo se va a aclarar a su tiempo.

 

Se abre la puerta y el agente hace pasar a las tres personas citadas.

 

AMABLE  LÓPEZ: (con gesto de desconfianza) ¡Hola tío! ¡Hola mamá! ¿De qué se trata todo esto?

 

GENEROSO PIOTTI: (algo intranquilo) Buenas tardes ¿Hay buenas noticias?

 

PACÍFICO OTERO (indiferente) Buenas tardes.

:          

SILVIA GONZÁLEZ: Pasen y siéntense,  que  el detective Pereyra nos tiene noticias y quiere que todos las oigamos. (Y dirigiéndose al anciano) ¡Por favor, díganos!

 

RICARDO PAREYRA: (se pone de pie con dificultad  y comienza a hablar con solemnidad) Ustedes saben que en estos cuarenta y cinco días me he dedicado a investigar, los he interrogado varias veces, he leído los libros contables del banco desde que se fundó y he revisado todas las noticias importantes del diario local desde que se creó hasta la fecha. (Hace una larga pausa mientras se pasea de un lado a otro, incómodo por lo que tiene que decir)

 

 SILVIA GONZÁLEZ: (Al borde de la histeria) ¡Por favor, señor! ¡No nos haga esperar más!

 

RICARDO PAREYRA: (Muy serio) Los agentes comprobaron que nada había sido violentado y que todo se cerró normalmente. El Intendente del Banco asegura que nadie puede ingresar sin dos juegos de llaves, que están en manos de distintas personas. La tesorera dice que el tesoro no puede abrirse en siete minutos porque la acción de retardo está programada en quince, lo que indica que cuando atacaron al sereno el mecanismo ya se había puesto en marcha. Por lo tanto, aquí estamos todos los que de alguna manera somos responsables de lo sucedido, sólo falta uno, el verdadero culpable, porque está muerto.

 

 AMABLE  LÓPEZ: (con voz aflautada por la emoción) ¿Qué? ¡Pero si nadie murió en el asalto!

 

RICARDO PAREYRA: (con tono imperativo) Por favor, les ruego que no me interrumpan. Cuando el banco se cerró, dos personas simularon salir pero se quedaron adentro, esperaron hasta que faltaran ocho minutos para las dos de la madrugada y accionaron la apertura del tesoro, y a las dos en punto redujeron y encerraron al sereno, atándolo de modo que pudiera soltarse al poco tiempo.

 

SILVIA GONZÁLEZ: Entonces los atracadores son del personal del Banco.

 

RICARDO PAREYRA: Así es, m´ijita, y una de ellas es Amable, tu hija, y el otro es Generoso, su novio. (Se desata una gran confusión donde todos hablan al mismo tiempo, se levantan de sus sillas y tarda en volver el orden) Pero ellos lo hicieron por mandato.

 

SILVIA GONZÁLEZ: (extremadamente angustiada) ¡No puede ser, mi hija dormía profundamente cuando la policía me llamó!

 

RICARDO PAREYRA: (mirando fijamente a la contadora)  Esa era su coartada, en realidad recién se acostaba.

 

SILVIA GONZÁLEZ: (a punto de desmayarse, se apoya sobre el escritorio) ¿Cómo es eso? ¡Acláremelo, por favor, padrino!

 

RICARDO PAREYRA: (con parsimonia como quien cuenta un cuento) Hace muchos años, este Banco sufrió un atraco que nadie pudo aclarar, faltaron 90.000 dólares que se habían recibido para construir un hospital en Llanos Verdes y que, a causa de esto, nunca se pudo hacer. En un pueblo chico como éste algo se ponía en evidencia, alguien cambiaría su modo de vida o se iría a vivir a otro lugar, pero nada de eso sucedió. Entonces el doctor Luis Piotti, promotor del proyecto del hospital viajó a la Capital y trató infructuosamente de conseguir otra partida para hacer el hospital, pero volvió con las manos vacías. Hace un mes que Don Luis murió, y todo el pueblo lo honró. He aquí la clave del asunto: le dio a su nieto el mandato de devolver el dinero que en 1929 él depositara en un banco de la Capital, y que se han convertido con el tiempo en los 250.000 que Generoso, con la complicidad necesaria de Amable, ya que cada uno poseía una de las dos llaves para abrir el tesoro, han introducido  en el Banco de un modo poco ortodoxo.

 

SILVIA GONZÁLEZ: (desplomándose en una silla con un suspiro) ¡Dios mío, quien lo hubiera imaginado!

 

Silencio en todos los presentes durante varios segundos.

 

RICARDO PAREYRA: (con una sonrisa y tono de alegría) ¡Podemos decir que llegó el tiempo de construir el hospital!

 

Cae el telón.

 

 

 

Marta Ibáñez – 2011

 

 

 

 

miércoles, 1 de noviembre de 2023

 

 

Soneto

 

           

                        DESENGAÑO

 

                        Recuerda mi alma tu apariencia dulce,

                        mi corazón aun regurgita su dolor,

                        angustiado y torturado por tu amor,

                        como una estrella que sin vida luce.

 

                        Oleadas de rencores y muertes en el cruce,

                        la enorme fuerza que rememora tu calor,

                        mi boca experimenta nuevamente tu sabor

                        y el sentimiento que al expresártelo puse.

 

                        Recelo que amarga tardíamente tu partida,

                        al mostrarme tu fría capacidad de ser ingrata,

                        derramando con indiferencia tu veneno.

 

                        Aquel que sembraste ampliamente con tu huida,

                        ahogándome como hiedra que abraza y mata,

                        destruyendo en mí todo sentimiento bueno.

 

 

                                                           Asunción Ibáñez – 2005

 

 

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