Oraré en silencio, continuo dialogo contigo, Misterio Divino.
BENDICIÓN.
Teresa
Este Taller es un espacio de escritura creativa, diseñado para las actividades de extensión Cafh Argentina 6
Cuestión de malentendidos
Marcelo
tenía 13 años y había ingresado a la secundaria.
Fue
un gran cambio para él, en la primaria jugaba y tenía sus amigos desde primer
grado, en cambio ahora debía dedicarse más a estudiar y a seguir las normas del
colegio.
Si
bien estudiaba mucho se mantenía callado en clase y no sentía la alegría de sus
compañeros.
Llegó
la época de exámenes y le tocó dar su primera lección oral de Química. La
profesora le hizo muchas preguntas que él trataba de responder cuidadosamente,
hasta que le preguntó:
-¿Por qué el Helio no reacciona?
-¡Elio sí reacciona!, ayer no me prestó sus apuntes-
contestó, refiriéndose a su compañero que también se llamaba así.
-¡Cómo que reacciona!
-reprochó la profesora -Si dice que es
inerte- refiriéndose al apunte -¡Es
un gas noble!
-Profesora, yo le tengo respeto…-
respondió Marcelo confundido.
-Siéntese, está aplazado.
Marcelo
estaba ofendido y decepcionado, tendría que rendir la materia si no lograba
recuperarse. Al volver a casa comentó lo ocurrido a sus padres, y el padre,
dándole una palmada le dijo:
-Hijo, en la secundaria debes madurar. Pregunta las dudas
que tengas a tus profesores y siempre ten buen trato con tus compañeros, aunque
sean de mal genio. Lo importante es que tengas un gran corazón y dejes tu
timidez de lado. Habla con la profesora sobre lo que no entiendes, para eso
está ella,
Así
lo hizo, pidió hablar con la profesora y ella comprendió que había un compañero
llamado Elio, que al jovencito le costaba insertarse en la clase y que a la vez
el Helio era un gas tan noble como inerte.
A partir de entonces, Marcelo
estudió con más ahínco, preguntaba oportunamente, ayudaba a sus compañeros y
además de ver que a ellos también les costaba, descubrió que haciendo las cosas
claramente, todo esfuerzo valía la pena.
María Gabriela
Medawar –2014.
REFRANES (ACIERTOS O
NO TANTO)
En un pequeño pueblo cordillerano la gente se levantaba muy
temprano,
“Al que madruga, Dios lo ayuda” decían a menudo.
Los niños se iban a la escuela bien desayunados y siempre
llegaban a tiempo, las madres iban a sus trabajos sin prisa, charlaban y reían
camino a la única fábrica del lugar, los padres trabajaban en el campo de sol a
sol.
Así día tras día, siempre igual, todos se conocían y eran
amigos.
En las afueras vivía una anciana solitaria a la cual le
decían “la yuyera” ya que sabía mucho de hierbas medicinales. Hasta su casa
acudían los lugareños, buscando alivio a sus dolencias, la mujer era muy
conocida, y de otros poblados también venían a verla en busca de cura para sus
enfermedades.
Ella nunca estaba apurada, por las mañanas tomaba mate
tranquilamente, mientras iba preparando las medicinas con los yuyos que cada
tanto cortaba del campo, también usaba las flores silvestres que se abrían en
todo su esplendor cuando el sol ya estaba alto.
Era una mujer sabia aunque nunca había estudiado, por eso la
gente decía que ella tenía el don de sanar enfermedades porque Dios la bendijo
con esa Gracia.
Cada dos o tres días, salía de su casa cerca del mediodía
con una gran bolsa y se perdía en el campo buscando las plantas con las que
sanar todo tipo de males.
¿Por qué sale con
tanto sol doña? Le preguntaban los
que la veían pasar.
-Porque el sol es
bueno para la salud m´ijo, además “No por mucho madrugar amanece más temprano”
las plantas son fáciles de encontrar cuando hay mucha luz y las flores se abren
al calor del sol- respondía amablemente y seguía su camino. Al atardecer la
veían regresar con sus preciados yuyos sanadores.
Nadie conocía su nombre, ni su edad. La anciana no tenía
familia y vivía allí desde siempre. Nunca fue joven o al menos nadie la vio
jamás cuando lo fue.
Ana María Muñoz Vega – 2023
Consigna: Leyenda que
se perpetuó en refrán.
Propósitos
Zonda
Vivir en Mendoza tiene sus encantos… y sus desencantos.
Los turistas hablan de que es una ciudad limpia, y yo lo
dudo, si ellos lo dicen…
¿Y sus desencantos?
El más importante es que, cuando a veces el cielo se ve de
un azul brillante, y hay un sol radiante que enamora, y a pesar de ser invierno
comienza a hacerse notar un aire cálido, nuestros organismos no se sienten tan
felices como se supone; la presión atmosférica varía y la humedad desciende
hasta, a veces, el 1%.
Es nuestro famoso zonda, y decimos en el caso que el aire
esté muy quieto, que es zonda de altura. La cabeza “abombada”, el cuerpo
cansado y el carácter irritado.
Pero ¡Ay si desciende! Suele asolar la tierra y su
contenido.
A los pájaros les arruina sus nidos, a los árboles suele
arrancarlos de cuajo, y a los animales y humanos nos pone agresivos.
Y llega el momento, para mí, de poner mi mundo interior en
“pausa” y pensar: es natural, por la corriente de aire que viene del
Pacífico y que al pasar la cresta de Los
Andes, se irrita y enloquece. Exagero. La fuerza de la naturaleza y sus
alcances.
Y trato dejar de ser el centro de mi atención.
¿Cuántas familias estarán en ese momento en sus casuchas
precarias rezando porque no se vuelen los naylons con los que cubren sus techos
para que no se llueva adentro?
Y como el viento desciende en un segundo ¿cuántas personas
estarán en la calle con escasa visión a causa del polvo y la tierra en
suspensión? ¿cuántas estarán sin luz?
Agradezco estar protegida y pido protección para otros.
Y tener techo y paredes de concreto aunque se corte la luz
por algunas horas.
Mas pensar que muchos hombres salen en cuadrillas a liberar
calles y aceras de ramas o árboles, e incluso a apagar incendios.
Y a no criticar a quienes supongo que podrían haber hecho
algo.
Por lo que yo ¿qué más puedo hacer?
Controlar mis emociones, mis pensamientos. Salir del centro.
Un momento de paz en el caos, pues en el ojo del huracán no hay viento.
Paz.
AMI - 2023
¡Bienvenida Primavera!
Con tu savia y tu canción
embriagado corazón.
Hoy luce un latir distinto
como mágico requinto
que entona el más bello son.
Alocada sensación
no cuenta tiempos ni edades,
solo tiene en sus caudales
fresca sonrisa y rubor.
Abre sus poros la brisa
a un nuevo ciclo de amor,
¡Bienvenida Primavera!
¡Se renueva una pasión!
Alberto Coronel
Prosa poética
Plegaria
Amada Madre Divina
¿Qué luz ilumina mi alma? De hinojos junto a las sombras,
uno mis manos, busco la luz.
En el caos las voces rugen, alimentando los miedos, dan de
comer al terror, que oculto en el anonimato de la turba desbocada, a las confusas
ideas de las sombras emboscadas…
Siento Tu mano cálida, librándome del agobio, alimentando mi
calma, despojándome del odio, ese otro alimento nefasto que inundaba mi alma.
Divina Luz, Divina Paz, Divina fuerza, abraza mi corazón,
Toma mi energía, repártela en corazones hermanos,
calmándolos, acunándolos en tus brazos.
Ami- 2023
Uso
de refranes
Una
abuela con su nieta acostumbraban conversar mientras hacían el almuerzo; tanto
charlaban que era como “matar dos pájaros
de un tiro”, conversar y cocinar.
“Haz
bien y no mires a quien”, le solía decir la abuela cuando se trataba de que
la niña fuera a hacer las compras, pues siempre le tocaba hacer esa tarea. Al
principio era como “ir de mal en peor”;
su abuela recién llegaba a su nuevo hogar y no sabía aconsejarle qué era lo
mejor para sus comidas. “Es más papista
que el Papa”, refunfuñaba la niña.
Al volver de su compra, la abuela,
bien temprano, se ponía a cocinar dulces, salsas, envasados y todo lo que
necesitara la familia para alimentarse al llegar de cosechar en el campo.
-¿Por
qué empiezas tan temprano? Podrías ponerte a leer el diario o a tejer- le
cuestionaba a su abuela.
-“Al que madruga, Dios lo ayuda”-
contestaba la señora, y de inmediato la ponía a pelar las verduras. “De tontos y locos todos tenemos un poco”,
se solía decir la pequeña.
Charlaban
de novios, de escuela, de amiguitos, todo lo que pudiera despertar en la niña
la atención necesaria para que se educara bien, “y de golpe y porrazo” la abuela pisó una cáscara de zapallo y
empezó a sacudirse por todos lados para no caer.
La
niña rompió a carcajadas, y la abuela, tomando compostura dijo: “lo cortés no quita lo valiente”, y tuvo
que recoger y limpiar las cáscaras pisadas y desparramadas del suelo. Conteniendo
la risa, seguía burlándose, “mala yerba
nunca muere”.
Realizaba
estas tareas todos los días, su abuela era estricta en ese sentido y aprendió a
decirle adecuadamente las indicaciones de su compra. Ya se había hecho un
ritual antes de comenzar sus tareas escolares.
Un
día la abuela quiso hacer una receta diferente, necesitaba hacer “al pie de la letra” lo que ésta decía,
así que anotó a su nieta las medidas exactas y el lugar donde comprar cada
ingrediente.
Cuando
la niña llegó a la dietética y fue recibida por un hombre muy mayor, con
gruesos anteojos. Ella pidió lo que necesitaba, pero el hombre, “más perdido que turco en la neblina”,
estaba tan desorientado en su nuevo negocio, que en lugar de semillas de lino
le dio semillas de sésamo.
La
abuela meticulosa no dejaba de refunfuñar, “le
dio gato por liebre”, se quejaba, pero ante la mirada inocente de su nieta,
optó por hacerle especialmente unos pancitos en los que pondría esas semillas
de sésamo. ¡A la niña “se le hacía agua
la boca”! ¡Qué contenta estaba! Y saborearon juntas los pancitos calientes
entre amigables conversaciones.
Años
más tarde, cuando la pequeña se hizo una bella joven, comenzó a cocinar ella
misma las recetas que había aprendido, y le dio a sus nuevas comidas ese toque de viejo y buen
cocinero que nunca más olvidaría.
María Gabriela Medawar –
2014.
Cuento fantástico El monstruo del cerro Atraídos por su fama de ser un lugar con extrañas experiencias, un grupo de amigos dec...